LAS FICHAS independentistas han empezado a moverse sobre el tablero de España empujadas por una fuerza ciega que se alimenta de la propia Constitución y de la Ley Electoral. La combinación de ambas propicia la proliferación de partidos bisagra que empiezan siendo regionalistas, después nacionalistas y por último independentistas. El celebre «café para todos» de UCD tiene visos de convertirse en «independencia para todos» al grito grouchiano de «el último que apague la luz». En 1983 entrevisté en Roma a Norberto Bobbio, senador vitalicio de Italia y referente ineludible de la filosofía política y la teoría del Derecho. Después de felicitarme como español por la transición que habíamos hecho, «ejemplo para todo el mundo» del paso pacífico de una dictadura a una monarquía parlamentaria, me dijo: -Hay una cosa, sin embargo, que no acabo de entender. -Qué, le pregunté con la candidez de un joven periodista que se sentía por esos días partícipe ilusionado de un hecho histórico. -Que la Constitución contemple la educación como una materia exclusiva de las Comunidades Autónomas. Uno de los elementos clave para vertebrar un país es enseñar a todos los estudiantes la misma historia. Lo contrario es un error. Su afirmación, que no dejaba lugar para matices, me sobresaltó, pero con el paso de los días la fui olvidando. Meses después visité al escritor italiano Leonardo Sciascia en su casa siciliana de Palermo y volví a escuchar algo parecido. Lo que había olvidado una vez se quedó ya grabado en mi mente y ahora, cada vez que se publican informes sobre los libros de historia con los que se imparte esta asignatura en los colegios de muchas comunidades autónomas y presencio el implacable aumento del independentismo, me acuerdo de Bobbio y de Sciascia. El adoctrinamiento en muchas aulas, el uso torticero de algunas televisiones públicas autonómicas, el abuso del idioma propio para separarlo del común que une, el fomento de partidos sin más objetivo que otorgar parcelas de poder a políticos sin escrúpulos y el socorro mutuo que se prestan los independentistas entre si para aplicar el viejo axioma del divide y vencerás, han parido un tigre que corre desbocado sobre la piel de España sin que puedan frenarlo las buenas palabras ni el pacto constitucional que hizo posible la Carta Magna. Como recordó hace días Gregorio Peces-Barba, fuimos cándidos y creímos en la lealtad.