HURGABA por las altiplanicies palentinas oteando horizontes serenos y profundos. Buscaba entre las ruinas del Imperio -del de Roma, claro- vestigios de los ritos priscilianistas, en los que quiero entrever un sincretismo de lo celta y lo cristiano, un significante de la heterodoxia. Y en esto estaba cuando un peregrino que seguía el Camino se paró. Entablé con él conversación, con cansada y fatigosa dicción. Estaba tan lejos el horizonte que acentuaba su fatiga. Su inquietud por la realidad gallega lo abarcaba todo menos el Prestige , que él quería memorizar como un prodigio del milenio, en el camino al fin de la nada. Buscaba un sentido en el camino, huía del nihilismo, huía de toda catástrofe que no fuera esotérica, los ruidos de los excursionistas y senderistas disfrazados de peregrinos lo llenaban todo. Y como el espíritu huía del Camino a medida que la mañana lo masificaba más, el peregrino se refugiaba en su nihilismo imaginario. Por caminos distintos convergíamos los dos. ¿Fue Prisciliano el primer jefe espiritual de la tribu galaica? Después de él, afloraron -en la conversación caminera- los caciques. Pero Prisciliano no era cacique, era un líder, porque convencía con persuasión a los descreídos galaicos adoradores de la naturaleza ¡Cómo sufrirían aquellos celtas con el Prestige ! Y surgió una idea: el prestigio de los celtas. Prestigio, persuasión, son virtudes, condiciones del liderazgo. Un líder es un ser entre iniciático y mediático, capaz de convencer, de arrastrar, de persuadir. No es fácil ser líder, y menos a la vista de tantos políticos que lo intentan y no lo logran, porque ni convencen, ni persuaden, ni arrastran. ¿Y un cacique puede ser un líder? ¿Y un líder, cacique?... No supimos la respuesta, pero invocamos a Prisciliano para que nos librara de esa posibilidad, a cada uno en su tierra de origen, a un extremo y otro del Camino (mi interlocutor era navarro). Con la impetuosidad de un ribero me peguntó a bote pronto: «¿Quiénes van a ser los líderes en el futuro político de Galicia?». Fraga aún tiene un tiempo, Beiras también, pero desde el balcón. Uno en la escena, otro en la grada, pero los dos líderes. Y otros no se ven en el horizonte, ni mirando con la lente amplificada del horizonte castellano, ni con la ayuda de Prisciliano. Claro que tampoco en otras regiones hay líderes persuasivos, convincentes, con prestigio, pero es que en ellas nunca los hubo, pero en Galicia sí. Y de hecho seguimos exportando líderes, tal vez por eso aquí nos quedamos sin ellos. También en su día Prisciliano se fue a Tréveris, y no volvió, ¿o sí volvió? Su espíritu vaga en el imaginario apostólico compostelano. Galicia tiene un problema grave, le sobran caciques, pero necesita líderes de recambio, y no se ven todavía; como mucho se vislumbra alguno. Unos dirán que un buen equipo basta, pero los que hemos conocido, los que estamos acostumbrados a ser dirigidos -en el gobierno- y sacudidos -en la oposición- por dos hombres líder, queremos seguir siendo liderados. Como la sombra de Prisciliano lidera mi búsqueda de respuestas al pasado, como la sombra de Santiago atrae, persuade, al viajero peregrino que por el Camino espera ir sustituyendo su nihilismo por respuestas convincentes. También a mí me gustaría encontrar esas respuestas. Galicia las busca, aunque sean indicios del futuro que se anhela, aunque sea sólo como una salida al nihilismo. La mirada de los dos se eleva a un altozano coronado por un enorme Cristo que Vitorio Macho labró. Y decimos a dúo: «¡Macho, líderes sí, pero más caciques no!». Además, si los lideres se exportan, los caciques se quedan. En otras sociedades no tienen sitio, ni siquiera en las tierras del imperio. Así que, sentados sobre un miliario del Camino, analizamos los rostros de los que peregrinan: ¿es un líder o un cacique? Caciques hemos visto varios. Pero al líder lo seguimos buscando. No quisiéramos convertirnos en estatuas de sal esperando un líder. Un cacique se hace, y a la vista de lo que pasa, parece que muy pronto. Un líder nace, aunque después se hace, se mejora. Esperando en el camino quedamos, pero a un rato de tiempo, el peregrino siguió su camino interior. Yo me quedé mirando al horizonte, esperando un líder.