EL ATENTADO perpetrado ayer al sur de Bagdad contra agentes de nuestro Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y que causó la muerte de siete de ellos inscribe a España entre los países víctimas de esa ruleta rusa del terrorismo de la que han hablado algunos expertos al referirse a la actual situación en Irak. Era una posibilidad cada vez más temida, a la luz de la creciente inseguridad en la zona, que no ha disminuido por más que el general estadounidense al mando de las tropas aliadas se empeñe en ofrecer datos que acreditan lo contrario. La propia visita del presidente Bush el día de Acción de Gracias se ha hecho en tales condiciones de misterio y de secreto que pone al descubierto la gran inseguridad que reina allí, como bien ha subrayado The Washington Post . Citábamos el pasado lunes en esta sección un artículo del prestigioso analista Robert Fisk, publicado en el diario británico The Independent , según el cual las amenazas de Al Qaida se estaban cumpliendo contra los aliados de Bush. Los australianos habían sido golpeados en Bali, los italianos en Nasiriya, los británicos en Irak y en Turquía, y los turcos en su propio país. Y añadía que sólo quedaba Canadá, entre los de la lista. Fisk no incluía a España, pero se hacía obvia la necesidad de alertar nuestros sistemas de seguridad y extremar los cuidados, y así lo hicimos constar. Porque la traza de los acontecimientos era, y es, mala. Irak es una ciénaga en la que no es fácil permanecer y de la que tampoco será fácil salir. Lo sucedido ayer admite pocas vueltas. Le tocó el turno a España en la ruleta rusa iraquí, y esto es lo triste y lo doloroso. No es el momento de hacerse preguntas sobre la oportunidad o no de estar allí, sobre la decisión del trío de las Azores, sobre el envío de tropas, etcétera. Todas estas cuestiones ya fueron desgranadas en múltiples ocasiones en estas páginas. La guerra de Irak nunca debió suceder (los que lo creemos así debemos seguir diciéndolo), pero una vez que estamos embarcados en ella se debe evitar la utilización de estas situaciones de desgracia en uno u otro sentido. Y tampoco es el momento de sorprendernos y descubrir que España participa en una posguerra muy conflictiva. Es la hora de lamentar nuestros muertos, valerosos servidores de la patria, que cayeron en cumplimiento de su deber en el lugar al que fueron destinados. Quienes deben evaluar la situación para adoptar las medidas más adecuadas para el futuro deben saber que enfrente hay una resistencia armada con un perfil cada vez más organizado, que tiene capacidad de fuego (ayer utilizaron lanzagranadas, su arma predilecta) y que no desdeñan ninguna oportunidad de causar bajas entre aquellos a quienes tiene por invasores u ocupantes. No basta con decir que España lucha por la paz y la seguridad en Irak (es cierto que nuestras tropas no han ido allí a otra cosa). Es necesario saber que enfrente hay una estrategia, probablemente orientada por el terrorismo de Al Qaida, que tiene claro su objetivo: destruir a los cruzados . Tenerlo muy en cuenta y actuar en consecuencia es empezar a prevenir la repetición de tragedias como la de ayer. La única forma seria. También desde la perspectiva política.