SOMOS un país en el que se leen pocos periódicos y menos libros, y eso que la oferta de los unos y los otros es variada y de amplia gama. Esa debilidad en la tendencia a leer puede ser una sorpresa en gente que, como nosotros, es muy dada a la opinión vehemente, aunque explica lo muy imaginativa que suele ser esa opinión. Entre la realidad o realidades y la opinión, lo habitual es que optemos por la opinión, y es lógico, sobre todo si esa opinión coincide con la nuestra. La realidad exige un trabajo de exploración, investigación, consulta, análisis, contraste y confirmación... En fin, que exige mucho trabajo incluso reduciéndolo todo a una mera labor de enterarse y ponerse al día; labor que, por otro lado, no evita el riesgo de aprender algo que no sea de nuestro gusto o suscite algún tipo de zozobra. La curiosidad mató al gato, dicen los ingleses, y nosotros sabemos cuidarnos mucho de que nos tomen por gatos, de toparnos con la muerte y de que los ingleses tengan la mínima excusa para decir algo de nosotros. De modo que la curiosidad la consumimos en dosis homeopáticas o bajo los sucedáneos que ofrecen la pasión de fisgonear y el arte del cotilleo. A diferencia de la opinión, la realidad abriga pocas ilusiones. Uno tiene una opinión, se pone a acariciarla y no tarda en saborear la sensación de estar acariciándose. Odón Elorza dijo que los políticos deberían masturbarse más. Pues ahí lo tienen. A los políticos les encanta cultivar sus opiniones. Sobre todo cuando están en la oposición. Es un modo de amor propio que alcanza su mayor gozo cuando las ven puestas en los programas de sus partidos. Ibarretxe opina ante Artur Mas que hay coincidencia «de la sociedad vasca y catalana». Mas opina que el presidente de la Generalitat «se tiene que involucrar» en la reconstrucción del diálogo entre el Gobierno vasco y el central. Un libro de texto aprobado por el Gobierno vasco opina que entre cien vascos relevantes, diez son etarras. ERC y el PSC opinan que el escenario vasco nada tiene que ver con Cataluña. Carod Rovira opina que el PSOE tiene que ser valiente. Zapatero, secretario general del PSOE, cae entonces en la opinión de que eso de reformar estatutos puede estar muy bien, pero que es la invención de un estatuto, y no su reforma, lo que da la auténtica y suprema talla de un verdadero líder. De ahí su invención de un estatuto que ha de dejar a más de uno temblando de emoción, y a unos cuantos sumidos en el pavor o en la envidia. Zapatero acaba de introducir en el programa del PSOE para las próximas elecciones un Estatuto de los Españoles en el Mundo . ¿Quién dijo Atlánticos, Mediterráneos y Pirineos? ¿Quién mostró que ancha es Castilla? ¿A quién le importa si el sol sale por Antequera? ¿Quién dijo miedo? ¿Alguien da más? Es como si puesto a atender el cultivo de sus opiniones, dedicado a acariciarlas, y empeñado en llevarlas a donde sea que de la vuelta el aire, le resultara imposible escuchar, percibir y sopesar el sarcasmo de lo que dice. Pero, en fin, Zapatero es así. Así son sus opiniones y, así, sus asesores.