Bombas en Tiflis

JOSÉ JAVALOYES

OPINIÓN

05 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

EXAGERADO sería decir que el Mar Negro se pone al rojo vivo porque una bomba ha estallado en Tiflis, la cuna de Stalin, y deteriora el terciopelo de la revolución georgiana: esa que derribó a Shevardnadze a golpe de manifestaciones. También estaría fuera de su medida afirmar que la visita a Georgia de Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa de Estados Unidos, es primer paso hacia una crisis en las relaciones ruso-americanas. Pero al margen de las cuestiones de escala y de la intensidad de los conflictos, no debe menospreciarse el potencial de riesgos que traen una cosa y la otra. La explosión junto a la sede de la TV georgiana y los disturbios a que han dado paso las celebraciones electorales del 4 de enero, de cuyas urnas saldrá el nuevo presidente de Georgia, indican que la dicha revolución de terciopelo -como dicen sus autores- tiene adversarios, y también sus enemigos encarnizados. El signo nacionalista y centralista de quienes forzaron el cambio presidencial, inquieta sobremanera a los nacionalistas periféricos, celosos de las prerrogativas autonómicas que les dio el desaparecido orden soviético. Por otra parte, la visita del jefe del Pentágono enmarca un propósito angloamericano de que no exista sombra sobre la seguridad del oleoducto y del gasoducto que se construyen, a lo largo de un tendido de 1.767 kilómetros, entre el Mar Caspio y el puerto turco de Ceyhan. Más de 200 kilómetros de ese tendido corresponden a Georgia y la British Petroleum. Estar en el camino del petróleo no es, ciertamente, como tenerlo; pero algún beneficio se deriva y algún riesgo se acumula. Las dos últimas guerras, la de Afganistán y la de Irak, concernidas están por el oro negro. Y precisamente de ese riesgo se quieren salvaguardar oleoducto y gasoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan. Es una salida alternativa a los hidrocarburos de Asia que el islamismo en llamas quiere yugular. Georgia importa mucho.