La otra Constitución

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

07 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

SI TUVIÉSEMOS un debate político de altura, y si las monsergas del plan Ibarretxe no sirviesen para explicarlo todo, nos habríamos dado cuenta de que estamos viviendo otra transición política, y de que, si hace veinticinco años nos jugábamos la democracia y la organización del Estado, ahora nos jugamos el ser o no ser de Europa, a cuya fuerza y cohesión van a estar ligadas todas las posibilidades de paz y prosperidad de nuestros hijos. Mientras aquí seguimos a vueltas con la reforma constitucional, presentando el éxito de las autonomías como un fracaso, y resucitando una imagen ideal de España que ya sabe a rancio antes de nacer, la vieja Europa sigue empeñada en hacer una Constitución que, velis nolis, también va a ser la nuestra. Y conviene recordar que, mucho más pronto que tarde, la Constitución Española no va a ser más que un Estatuto de Libre Asociación a la Unión Europea, y que será allí, en Bruselas, donde se van a decidir la inmensa mayoría de los asuntos trascendentes e intranscendentes que definen nuestro bienestar y garantizan nuestra libertad. Si usted quiere discrepar de mí, y decirme que exagero, no le faltarán políticos y profesores que le confirmen que lo importante es la aldea, y que, mientras Europa es un desideratum hecho de retales mal cosidos, Fraga, Baltar y Aznar conforman un poder real que opera al lado de su casa. Pero no se asuste después cuando Europa le amarre sus barcos, le contingente su leche, le condicione el plantado de sus viñas o le dé prioridad a otros trenes y autovías, ni vaya a exigirle que organicen de una vez su ejército para garantizarnos una política exterior al margen de las aventuras de Bush. Si usted quiere pensar seriamente en su futuro, no pierda demasiado tiempo en los poemas decimonónicos del plan Ibarretxe, en la Catalunya lliure de Carod-Rovira o en la España imperial de Aznar. Y, lejos de gastar sus fuerzas jugando a una política menor, empiece a pensar en la Constitución de ese nuevo poder que le va a garantizar su seguridad, su bienestar económico y, que no le quepa duda, el pago de su pensión. Verá que el discurso de Aznar y el de Carod-Rovira están mucho más próximos y son mucho más anticuados de lo que ellos piensan, y que, si el plan Ibarretxe es absurdo, no se debe a su voluntad de huír de la vieja España, sino a su incapacidad para percibir el intenso olor de la nueva Europa. Los problemas políticos no se solucionan con reduccionismos y regresos estériles, sino con grandeza de corazón y agudeza de miras. Y para eso no se necesita reformar una Constitución que funciona de maravilla, sino cambiar una clase política que se ha quedado sin perspectiva histórica.