LOS SOCIALISTAS viejos saben por experiencia, y no solo por el clásico, que donde hay papeles callan barbas. Tuvieron que eliminar de sus estatutos la condición de marxistas, porque por mucho que lo negaran siempre había alguien que iba al catecismo del partido y exclamaba: ¡Ahí está la prueba! Pues algo así puede pasar con Carod Rovira, que en riguroso directo aparece ahora muy moderado en lo relativo a la financiación y eso que eufemísticamente llaman ordenación del territorio y los más groseros expresan preguntándose: ¿con independencia o sin ella? Y es que Rovira decía otras cosas en sus programas y su campaña, planteamientos mucho menos moderados. El caso es que los papeles valen para algo. Que le pregunten a José María Aznar las puyas que le ha costado su condición de articulista inmaduro hace un cuarto de siglo, cuando le ponía la proa a la Constitución. Quiero suponer que lo mismo que eso vale para dar palos al presidente de la Moncloa, los papeles de Rovira no están escritos con la tinta con que jugábamos en nuestra infancia, que desaparecía que era un primor. Para unos y otros, para todos, empleemos el mismo rasero. Máxime cuando hace años todos convinimos que olvidábamos el pasado y no hay manera cuando a algunos les conviene. Es de más enjundia mirar al futuro, y ver qué nos vaticinan para entonces algunos nuevos líderes de un importante pedazo de este país. Con que digan siempre lo mismo, vale para aclararse, y luego cada cual que fije criterio. Entre catalanes y vascos, más algunos otros jerarcas políticos que amenacen con el descuelgue o la sublevación fiscal, menuda la que le espera a Mariano Rajoy. Si en las cuatro esquinas de España han envidiado y compadecido a la vez a Letizia Ortiz, lo primero por razones evidentes y lo segundo por sus difíciles obligaciones, ¿qué le deparará el futuro a Rajoy si es presidente? Puede ser el primero con tal cargo que pase más tiempo en los juzgados que en la Moncloa.