TELEVISIÓN Española ha sido y es en la actual etapa democrática una televisión comercial de entretenimiento que informa desde siempre con sesgo gubernamental. Pocas veces ha interpretado el papel que en la España constitucional le corresponde para corregir la deriva que otras televisiones públicas, esta vez autonómicas, impelen con denuedo para desmembrar el Estado. Me refiero al papel de cohesión que tendría que haber asumido Televisión Española y que hubiera justificado, más que ningún otro objetivo, el déficit de explotación que acrecienta cada año. Está bien que el Gobierno haya anunciado que asumirá la deuda acumulada de RTVE a finales del 2004 (6.800 millones de euros para entonces) para que el grupo audiovisual público estatal comience el ejercicio 2005 desde el equilibrio y, lo que es más importante, con un sistema de información contable plenamente operativo que permita imputar adecuadamente ingresos y costes, de tal forma que esté en condiciones de definir el coste neto del servicio público, que es la referencia válida para la Unión Europea y, por tanto, la cuantía de la subvención, venga esta a través de los Presupuestos Generales del Estado o mediante la implantación de un canon televisivo. Pero despejado el horizonte económico y establecida su financiación pública estable en el tiempo y no perturbadora para las televisiones privadas y el entero sistema privado de medios de comunicación, RTVE debería jugar un papel esencial como cauce para la manifestación de opiniones diversas, permitiendo la formación de una opinión pública plural, imprescindible para la vigencia del principio democrático y la defensa de los valores constitucionales. Y entre estos, los responsables de RTVE tendrían que impulsar el papel de vertebración que le corresponde como televisión de Estado. Para ello no estaría de más que produjese series y películas atractivas y de éxito que difundan la historia común de España y de los españoles, su geografía física y social, la de todos, y no la inventada por unos pocos. No basta con un botón de muestra que lave las conciencias, es necesario una labor continua y constante en el tiempo que evite que generaciones enteras, como ahora ocurre, crezcan sin conocer nuestra Historia común, pero aprendiendo una nueva, distinta y generalmente inventada, que algunos independentistas escriben en los libros de texto y luego difunden con tesón desde sus respectivas televisiones públicas autonómicas.