Hay muchos bribones, majestad

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

17 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

TIENE narices. Cada vez que se produce un conflicto político en España, lo primero que se detecta es un déficit de diálogo. Cómo será la cosa, que adquiere carácter de gran frase, de mandato de la Corona, el refrán que el Rey le dijo al presidente del Parlamento Catalán, Ernest Benach: «Hablando se entiende la gente». Este principio lo invoca el pueblo español desde hace siglos. Se aplica a todos los pleitos de vecindad. Es la gran expresión de lo obvio. Pero se oye en la radio, se ve escrito en la prensa de boca del monarca, y sirve para descubrir lo inteligente, lo integrador y lo pacificador que es don Juan Carlos I. Hasta un republicano como Benach se encarga de servirle de altavoz. ¿Es un instinto de adulación al Rey? No. Es la exaltación de lo extraordinario: ¡hay un hombre poderoso que habla de diálogo! Más milagroso todavía: ¡hay un hombre muy influyente que cree que dialogando se resuelven los conflictos! Y algo todavía más portentoso: ¡es un valiente; se atreve a decirlo! Y algo que adquiere categoría de prodigio: ¡es un heterodoxo! Al recomendar que se hable, rompe la barrera del pensamiento único y desafía la ley más peligrosa, que es la ley de la gravedad de La Moncloa. Su Majestad alcanzó ayer la categoría de rebelde contra las costumbres que se han adueñado de la política española. No me extraña que sea tan popular. Hasta lo aprecia Carod-Rovira, que prefiere salir de copas con él antes que con Aznar. Sospecho que dentro de seis días, cuando Su Majestad pronuncie su mensaje de Navidad, insistirá otra vez en esas cosas. No lo digo porque tenga vocación de profeta o haya leído su discurso. Es que lo hace todos los años, y los políticos y comentadores ensalzamos después ese talante real de concordia. Ocurre los días 24 y 25 de diciembre. A la vuelta de vacaciones, los políticos cogen otra vez la porra, y las recomendaciones reales quedan como un delicado material de archivo que ha sido útil mientras duró su eco. Después, ya sabéis: por una extraña alquimia, el diálogo invocado se convierte en ataque o insulto, haciendo verdad la división que temía Voltaire: «De una parte, los locos y bribones y, de otra, nosotros mismos». El debate político en España es eso, y lo podemos comprobar estos días: todos los demás son bribones, insolidarios o separatistas que van a lo suyo. Los buenos y generosos, los patriotas, somos nosotros. A los primeros hay que meterlos en la cárcel, y para ello se reforma el Código Penal. A nosotros nos harán homenajes, porque no nos hemos doblegado ante ellos. Menos mal que el Rey no está en ninguno de esos bandos. Pero el Rey es un señor muy extraño. Después de ocho años, no se le ha pegado nada de Aznar.