EL AÑO que en enero se desencadena estará plagado de celebraciones de artistas o escritores nacidos un siglo atrás: entre otros, el pintor Salvador Dalí, el poeta Gil Albert, la filósofa María Zambrano y el escritor cubano Alejo Carpentier. De éste dice la biografía oficial y sucinta: «De padre francés y madre rusa, nació en La Habana y falleció en París. En 1977 ganó el Premio Cervantes de Literatura. Es una de las figuras más destacadas de la llamada Segunda Generación Cubana Republicana. Escribió una extensa obra narrativa traducida a numerosas lenguas, que lo convierten en una de las figuras clave que preceden al boom de la narrativa hispanoamericana de los años sesenta. Está considerado como uno de los máximos exponentes del realismo mágico. Obsesionado con el tema del tiempo, su léxico está cargado de elementos ornamentales y exóticos». A esta semblanza incompleta añadiría que Carpentier quiso mucho a Galicia, sin duda debido a sus charlas con Neiras Vilas y su esposa Anisia, quien colaboró con Alejo en La Habana, y quizás gracias a ellos disponemos en Compostela de una cátedra Alejo Carpentier dotada de una excelente biblioteca. Yo lo descubrí a allá por 1970, tarde, cuando ya el escritor tenía parte de su obra publicada. En ese año salió en Francia la traducción de El siglo de las luces , a cargo del constante, fiel Claude Duran, quien vertió la mayoría de sus obras al idioma de este país. De entrada me había subyugado el ardor, el entusiasmo con el cual Max-Pol Fouchet -poeta y colaborador de un programa de televisión irrepetible, Lectures pour tous - relatara las mil y una peripecias de la vida de Victor-Hugues. Al día siguiente (soy muy impulsivo) en la librería española de la rue de Seine adquirí esa novela en castellano. Quedé fascinado por la historia, los personajes, el vocabulario, y ocurrió que por esos días me encontré con Alejo en una Feria del libro de París. Había venido a nuestros estudios de Radio Francia y sólo lo saludé. No me atreví a manifestarle mi admiración ni a solicitarle una entrevista, pensado, con razón que habría de leer a fondo toda su obra antes de osar hablarle de ella. Eso hice, sumergirme en Guerra del tiempo, El acoso, El reino de este mundo, Los pasos perdidos y Ecué-Yamba-O , curándome entre libro y libro, por temor a un contagio, del barroquismo tropical con una nueva lectura de El Quijote , pues si bien aquel estilo exuberante es inmejorable en las plumas de Carpentier, Lezama Lima o Sarduy, resultaría ridículo que los de la península diéramos en colorear y en florecer nuestra severa lengua, que ya la humedeció bien y afiligranó nuestro único Cunqueiro, de lo cual escribiré en el curso del año entrante. En aquellos finales de los sesenta colaboraba yo en La Voz de Galicia y en la revista Triunfo . Joven y engreído, me consideré capaz de entrevistarme con Carpentier. Él ejercía de ministro-consejero en la embajada de Cuba en París. Me presenté en su despacho de la rue de la Faissanderie, planteé las preguntas, me contesta, y tras apagar la grabadora le digo, como acostumbro con todos mis entrevistados: «Le enviaré el texto antes de publicarlo». «No, se lo mandaré yo a usted», me contestó, arrastrando con firmeza las erres indomables que tenía. La semana siguiente recibí una larga entrevista, firmada por mí, que, en puridad, poco contenía de la que habíamos hablado. Salió en La Voz y en portada de Triunfo con una Jota espléndida, obra de Antonio Gálvez, y un titular rotundo, merecido: «Alejo Carpentier Una literatura inmensa». Gustó mucho, hasta el punto de que Manuel Cerezales, a la sazón amigo y director de Novelas y Cuentos, me pidió que ampliase mis conversaciones con el escritor cubano hasta completar un libro, que él publicaría. En mi vida me vi en tal aprieto, pero el libro salió, primero en Argos Vergara y luego en Alianza Editorial.