PARA LOS LECTORES de Asterix, la escena resulta conocida. Para los demás, podría resumirse de este modo: el galo invencible y Obelix, su amigo gordinflón, se entrenan para participar en unas olimpiadas comiendo a dos carrillos mientras los atletas espartanos deben conformarse con una sobria colación. En esto, uno de ellos, fuera de sí ante los efluvios que le llegan de la mesa de los galos, se niega a comer sus porquerías y provoca un motín que los instructores de Esparta intentan frenar llamando a Asterix y Obelix decadentes. La respuesta de los hambrientos espartanos es inmediata: «¡Pues nosotros también queremos ser decadentes!. Sí, sí, ¡decaigamos!, ¡decaigamos!». Basta con leer estos días los periódicos u oír en la radio a contertirios y troyanos para caer en la cuenta de que también nosotros deberíamos gritar lo que los sufridos espartanos y clamar por la vuelta de nuestra decadente y tediosa democracia. Porque -es cierto- no debemos olvidar que hubo un tiempo no lejano en que, con la única excepción de los crímenes de ETA y de su mafia, fuimos los españoles capaces de lograr una hazaña histórica de dimensiones portentosas: la de tener una vida política tranquila y aburrida. ¿Se acuerdan? No, claro, ya no consiguen acordarse. ¡Cómo hacerlo viendo en la tele a Josu Jon Imaz hablar de la secesión del País Vasco con la misma santa desvergüenza con que hablaría si estuviese reclamando la competencia en materia de ferias y mercados! ¡Quién puede estar tan pancho esperando por el gordo (el de Navidad) mientras el Gobierno avanza hacia el abismo convencido de que un país puede gobernarse a golpe de Código Penal! No, por más que uno se empeñe en abstraerse de los efluvios acres que llegan de los cuatro puntos cardinales, lo cierto es que no resulta fácil vivir en paz en medio del enloquecido torbellino territorial en que se ha convertido este país desde que el PNV decidió abrir, para desgracia de todos, la caja de los truenos. Y, sin embargo: ¿no es verdad, al mismo tiempo, que a la inmensa mayoría de Juan Pueblo (incluido el Juan catalán y el Pueblo vasco) le importa mucho más el empleo, la educación, la seguridad o la calidad de los servicios que todos los debates sobre España? ¡Pues claro que es verdad! De hecho, nuestra vida política oficial se parece cada vez más a un teatrillo en el que los personajes del drama (¡y nunca mejor dicho!), a fuerza de demostrarse atrabiliarios, acaban siendo casi cómicos. Tanto que la constante tentación sería la de reírse a mandíbula batiente de estos líderes obsesionados con España si no fuera porque están irresponsablemente empeñados en jugar con las cosas de comer. ¡Y así hasta marzo!