HAY VARIAS clases de antisemitismo en la Europa actual y negarlo sería un mal negocio intelectual por parte de esta comunidad, que tiene acreditada una excelente capacidad autocrítica. Negarlo sería justamente anular o descalificar esta facultad. Hay un antisemitismo tradicional en Europa que, como sostiene el filósofo francés Alain Finkielkraut, se hace lo posible por disimularlo «de todas las formas posibles», pero sin combatirlo realmente. Hay otro antisemitismo de origen claramente ideológico que reprueba la conducta de Israel por considerarla racista y opresiva frente a los palestinos. Y hay un antisemitismo islamista que ha prendido entre los jóvenes musulmanes que viven en Europa y que asume, de algún modo, la continuación de la Intifada por otros medios. La suma de estos tres antisemitismos define el perfil de ese fantasma que recorre Europa ahora sin que sus políticos sepan muy bien cómo enfrentarse a él. Casi todos condenan los excesos del primer ministro israelí, Ariel Sharon, pero no están dispuestos a admitir, más allá de este rechazo, la existencia de una lacra interna de tan hediondo y criminal pasado como el que representa el holocausto. Tiene razón Finkielkraut al insinuar que en este punto la capacidad autocrítica europea no está fina o se desvanece. Antisemitismo y anti-sharonismo no son lo mismo, aunque tiendan a confundirse. La sustitución del actual primer ministro israelí por un líder político moderado y abierto al diálogo contribuiría a aclarar la situación. El Gobierno de Israel ha denunciado un antisemitismo impulsado «desde ciertas capitales europeas», pero no ha dejado de levantar el muro de hormigón y tecnología que divide Cisjordania y arrasa los derechos palestinos. ¿Es posible, en estas condiciones, clamar contra el antisemitismo? ¿No sería más lógico hacerlo después de tender la mano a los palestinos y favorecer el avance de la Hoja de Ruta propiciada por Estados Unidos, la UE, Rusia y la ONU? Hoy, demasiados antisemitas despreciables tienen la oportunidad de revestirse de dignidad presentándose como antisharonistas y defensores de los más débiles. Las máscaras caerán cuando caigan los que contribuyen a que se sostengan.