ACABOUSE. Hay que refundar España antes de que se convierta en una ex nación, en un país desaparecido por fragmentación. Diecisiete veces siete, diecisiete autonomías gestionando asimétricamente un futuro político, económico y social desde diecisiete planteamientos. Lo supremo dividido y lo sublime ignorado. Diecisiete veces igual que un acertijo críptico de la cábala, semejante a una sura del Corán. El modelo de España según don Pelayo y la beatificación pendiente de Isabel la Católica. La España del nuevo milenio repensada sin debates, contada en frases de campaña electoral, la gallinica ciega de Max Aub con los ojos vendados, changada, balsa de piedra a la deriva, metáfora de España, reinventándose. En estos días de resaca postnavideña no resulta fácil explicar España, contar desde el concepto de nación su equivalencia con el modelo de país. No hay, no existe ya la dialéctica bipolar de las dos Españas, ni la memoria de unidad de destino en lo universal de las fanfarrias franquistas que siempre sonaba en azul con un decorado joseantoniano de montañas nevadas. No podemos superar el esquema de Cine de barrio para asistir al país de Cuéntame con la banda sonora de Xuntos del juanpardismo que no cesa. Quizás redefinir un ámbito de convivencia y solidaridad comience a ser la tarea más urgente en el panorama político del nuevo año. Desenfocar el problema, minimizarlo o postponerlo en un estúpido aplazamiento supone agravar el diagnóstico. España como proyecto es más que viable, su patente de marca sigue vigente después de haber sido -afortunadamente- romanizada y ocupada durante ocho siglos por los árabes que trajeron las fuentes y el agua antes de perder Granada y después de que Al-Mansur robara las campanas de Compostela que desde entonces no tocan a rebato. Poner a España en almoneda -por cierto, término árabe- coincidiendo con programas electorales, no resulta cuestión seria. Hay tantas Españas como españoles caben en ella. El noventa y ocho y su aldabonazo ilustrado sirvió para efectuar una reflexión española. Desde Unamuno a Baroja, Ortega a Américo Castro, Menéndez Pidal, Madariaga y otros pusieron, sentaron a España en el diván de la autoestima. Manca finezza en la inteligencia local para rediseñar el futuro que no se puede modificar con eslóganes ni concesiones a la galería nacionalista. Un curso universitario en Roma o Berlín no basta para contar lo que debería ser. Venimos de dos largas semanas de cierto aletargamiento. La Navidad es mala consejera para digestiones y digresiones. Para articular una proyección del título octavo de la Constitución, para multiplicar por diecisiete las agencias tributarias, falta alma y sobra Almax. España requiere de una alta dosis de antiácidos, de un merecido descanso dialéctico, de que ese viento que nos va enloqueciendo se mude en brisa y nos conduzca a la sensatez deseada. Comienza un año que se adivina complicado. Lampedusa regresa con más vigencia que nunca para anunciar que lo nuevo está a punto de debutar. Mientras el país duerme la siesta y escala la cuesta de enero, se deja narcotizar por los ríos desbordados de salsa rosa, los mensajes camuflados del corazón y la charanga que no cesa. El corazón de España está también cansado, aguardando ese bypass definitivo que limpie sus arterias. Evitaremos al menos que se convierta en Expaña , en recuerdo de lo que un día ha sido. Dicen que fue usted coronel, o más. Que le desposeyeron de su rango y dio con sus huesos en una prisión militar. Que fue sonada su teoría de que España estaba indefensa con el Ejército de reemplazo de su época. Que sus ideas revolucionarias chocaron con la inflexibilidad de la cúpula castrense. ¿Acaso pudo usted intuir lo lejos que está el presente Ejército profesional de garantizar la seguridad de este país con la actual política de despidos del Ministerio de Defensa amparada en una ley lesiva? Dos millares de militares causan baja progresivamente desde el 1 de enero de 2004. Participaron en misiones internacionales de alto riesgo: Irak, Bosnia, Kosovo; no se rindieron ante la avalancha de chapapote; dieron ejemplo de vocación en sus unidades... Pero un general sugiere que en 12 años de servicio o hasta que se les discrimina al alcanzar los 35 o 38 años de edad, actuaron como acomodados y desaprovecharon las ocasiones de permanencia. Las Fuerzas Armadas prescinden de su capital humano más preparado y eficaz con la excusa del vencimiento de unos contratos y el dudoso consuelo de unas mal llamadas oportunidades. Someten a seguimiento a los periodistas interesados en dotar de palabra a unos militares coaccionados con la mordaza de la disciplina. Hoy son militares profesionales. Y temporales. Mañana, más sombras en la fila del Inem. ¿Su experiencia ha caducado? ¿Hallan recambio a su marcha con las campañas de captación? Ante la negativa por respuesta, victis honor ; Martínez Inglés, victis honor . Marín.