POR UN PUÑADO de dólares, una de las más importantes editoriales americanas, tras competir al alza con otras rivales, compró las memorias de Woody Allen. Como suele suceder en el caso de personas de sobrado reconocimiento público, el talentoso Woody no había escrito en aquel entonces ni una sola línea. Ni falta que hace. Los editores, cuando se les presenta una ocasión como ésta, apuestan por el valor añadido de la publicidad que aporta el famoso de turno. Sin ir muy lejos -y no me resisto a callármelo-, en la única ocasión en que me quejé de la miseria que me pagaba por mis libros en comparación con lo que acababa de percibir cierta señora o señorita que jamás había publicado una sola línea en su vida, mi editor paró mis legítimas aspiraciones alegando que ella sale en televisión y yo no. Cierto. Yo me esfuerzo es escribir lo mejor posible y superarme día a día; la papanatas, en cambio, no aspira a nada más que a vivir del cuento mientras el cuento tenga quién lo compre. La posmodernidad es eso: el vacío de contenido con un collage de superficialidad como continente. Woody Allen lo expresa mejor que nadie en sus películas. Creo que es en Manhattan donde se le ve en uno de esos parties de los que en New York nadie debe escapar si quiere llegar a no se sabe dónde. Charlaban, copa en mano, en grupo, cuando una de la chicas dice que la única vez que tuvo un orgasmo su psiquiatra le dijo que no era el correcto. En otra cinta nuestro protagonista busca sentido a su vida y le basta una secuencia maravillosa para ofrecer un gran discurso sobre nuestros tiempos. Llega Woody cargado con unas bolsas del supermercado y va depositando el contenido en la mesa de su cocina: fruta, latas, bebida, un crucifijo y un buda. Es decir, todo tiene el mismo valor en el supermercado de supercherías, y a igual valor ningún sentido. Lo cierto es que el reconocido director terminó ya sus memorias donde cuenta qué clase de vivencias le llevaron al cine, ese entorno del gueto judío neoyorquino en el que creció («mi madre me reprendía tanto que el día que estalló la bomba atómica creí que era por mi culpa», W. Allen dixit), sus comienzos profesionales y toda su carrera. ¡Oh, cielos!, ¡cómo se han enfadado los editores! ¡Qué ignominia para los intereses de la postmodernidad! Ni siquiera saben si van a publicar ese montón de folios salidos de uno de los grandes talentos del momento. Al parecer no les merece la pena. El autor no ha contado nada de lo que pasó con Mia Farrow, ni con sus otras esposas. Ni un ápice de morbo por compasión. La coherencia, a la vista está, no vale un duro.