ALGÚN DÍA habrá que escribir otra historia de España: la que se desprende de las indiscreciones de los micrófonos que los dirigentes creían cerrados y estaban abiertos. De tan sugestivos momentos han surgido algunas de las perlas de los últimos años. A su cabeza, el «manda huevos» de Federico Trillo, como homenaje a los retruécanos de algunos redactores de leyes. Tampoco fueron pequeñas las palabras sobre el poder judicial de Felipe González: aquéllas en que preguntaba si ahora no hay quien diga a los jueces lo que tienen que hacer. Hubo un tiempo en que las televisiones contrataban expertos para adivinar lo que decían los políticos, como los árbitros adivinan cuando los jugadores de fútbol se acuerdan de su señora madre. No hace falta decir cuál es la perla de estos días: ese presidente Bono, todo cortesía, siempre bien hablado, para quien Tony Blair no es exactamente la esencia de las cualidades políticas socialistas. En la traición que le hizo el micrófono, le llamó gilipollas. Como el cariñoso apelativo corría el riesgo de quedarse corto, de no ser expresivo, o de no responder exactamente a su alta consideración, lo remató: «gilipollas integral», que es el grado máximo de lo que Tip llamaba la «gilipolluá». Debemos entender, por tanto, que, a ojos del socialismo español, no existe ningún grado de gilipollez mayor que el de Blair, y no hay ninguna parte de su cuerpo, de su alma y de su pensamiento que se pueda liberar de tal calificación. El responsable de un informativo de radio echaba ayer en falta una respuesta del premier británico. «Tony Blair no ha respondido todavía», lamentaba. ¿Y qué podría responder el señor Blair? ¿Decirle «tú más», como hacen los políticos de aquí? ¿O mandarle un telegrama de agradecimiento por tanta delicadeza? Pero lo más sorprendente no es esto. Lo sorprendente es lo que ocurrió a lo largo del día de ayer en el despacho de Bono. La mayor parte de las llamadas eran para darle ánimo y pedirle: «Por favor, presidente, no rectifique, no se le ocurra rectificar». Visto el éxito, si yo fuera José Bono le pediría a Antena 3 que repita mucho el vídeo, venga o no venga a cuento. La sagacidad política consiste en saber aprovechar estos éxitos de opinión. Las únicas cosas que quedan claras después del chusco episodio, son éstas: una, que Rajoy está de enhorabuena. Si quedaba alguien sin enterarse de que había sido recibido por Blair, ahora lo sabe todo el mundo, porque la palabra gilipollas sólo se escucha en TV en grandes solemnidades. Y dos, que Bono podrá aspirar a grandes puestos en el Estado; pero, mientras Blair esté ahí, hay dos cargos que nunca podrá ostentar: ni embajador en Londres, ni ministro de Asuntos Exteriores.