Las elecciones están servidas

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

17 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

LA CIUDADANÍA ha quedado convidada para el 14 de marzo. Las elecciones están servidas, aunque los jugos correspondientes vienen siendo estimulados desde hace mucho tiempo. La campaña electoral como fase de un procedimiento, por rebosada, resulta inútil y costosa. Las recetas nos las van suministrando a porciones y a diario. Unas veces tratando de sorprender con atrevimientos de nouvelle cuisine y otras apostando por lo que nunca defrauda. Hay, de acuerdo con el pluralismo, para muchos gustos. ¿Tendrán aceptación? Tengo para mí que, frente a la batería de propuestas -¿promesas?-, en cada elección suele ventilarse una o muy pocas cuestiones. Dicho con mayor propiedad, las ofertas se entienden desde una idea u objetivo principal. En las elecciones generales de 1977 fue la idea del centro: evitar que por vía incruenta se reprodujese o se recordase el enfrentamiento cruento de la guerra civil y su consecuencia política. En 1982 venció -y de qué manera- el cambio, casi como con la perentoriedad de una muda. El partido en el gobierno -la gloriosa UCD de la etapa constituyente- se había fraccionado hasta el punto de que su fundador la había abandonado. No era posible la confianza. Hace ocho años se certificó en las urnas la veracidad del «márchese, señor González» que trajo la alternancia de gobierno y contribuyó a la normalidad del funcionamiento constitucional, como el socialista fortaleció la credibilidad de la Corona. ¿Y en el 2004? El Gobierno del PP pasó de mayoría relativa en 1996 a la mayoría absoluta en el 2000. Parece como si el pueblo le hubiese dado la oportunidad de librarse de pactos y compromisos parlamentarios que limitasen la realización de sus políticas propias. Parece presumible que ahora los electores juzguen cómo se ha hecho uso de esa libertad de maniobra. No es mi propósito hacer de zahorí y aunque lo fuera resultaría vano. ¿Qué idea jugará ese papel central que atribuyo a toda elección? Por lo que se aprecia y se reitera, el tema de la unidad plural de España parece ocupar un lugar relevante. En relación con ella tratarán, probablemente, de explicarse los otros que afectan de un modo directo a la sociedad y no sólo a sus sentimientos. Las aventuras u originalidades en lo económico, en situaciones de normalidad, no suelen resultar eficaces para cambiar la voluntad del electorado que no esté previamente identificado con un partido político. Supone una ventaja para el candidato en el Poder, si hacemos caso de las encuestas que se publican. Otras serán las dificultades o, incluso, los peligros. La continuidad en lo que ha constituido éxito proporciona seguridad. Y ésta, a su vez, puede engendrar relajamiento y un atisbo de prepotencia en la organización que lo alcanzó. Porque no es difícil observar que en estos últimos años tiende a identificarse, más allá de lo razonable, a los electores-militantes del partido con los ciudadanos-electores. Imponerse en unas primarias o ser el preferido por tal o cual comité interno no es garantía de su aceptación por el ciudadano. El sistema de lista cerrada propicia esa dicotomía, descansando la presión moral sobre el ciudadano, al que se le fuerza a elegir bajo la premisa del mal menor. Las elecciones, como la vida pública democrática a la que se sirve, tienen mucho de asunto fiduciario. Los candidatos, por sí mismos, por lo que dicen y representan, son merecedores o no de confianza. De eso se trata, y las organizaciones de los partidos políticos deben favorecerlo.