HAY DÍAS en que no deberíamos de dejar la cama. Días que tampoco merecen estar en el calendario. Por nefastos. El de ayer fue uno de ellos. A media mañana, sin tiempo para desperezarnos, nos enteramos de que el ministro Álvarez Cascos deja la política. Nos quedamos huérfanos. Sin ministro, sin Medalla de Galicia, sin profeta, sin el amigo de los gallegos y, sobre todo, con el ánimo por los suelos. Después de tanto tiempo ya nos habíamos acostumbrado a convivir pacíficamente. Aceptábamos sus exabruptos, sus cacerías y sus chirimoyas de oro. Pero nos deja porque le pesa más el amor, el amor al arte, que los desvelos por una España más próspera. Nos deja huérfanos y compungidos como quedamos aquel día al enterarnos que un capitán griego le había amargado la cacería por los montes leridanos. Los gallegos hemos de estar especialmente apesadumbrados. Cuando un petrolero nos sumió en la mayor catástrofe de nuestra historia, tuvo que ser él el que tomase la decisión de enviarlo al quinto pino . Valiente. Después se enfrentó a la difícil papeleta de venir a decirnos que disfrutaríamos del AVE porque para eso habíamos padecido lo que padecimos. Y que volvería a enviar, una y mil veces, al petrolero de jira. Memos mal que lo compensamos con la Medalla de Galicia. Y ahora, nos deja. Sin una explicación convincente. Escudándose en «razones personales». Y se nos va con su larga trayectoria a cuestas. Una trayectoria personal y profesional sólo empañada por su rudeza, el accidente ferroviario de Chinchilla, los socavones del AVE, el Prestige y la compra de cuadros con fondos públicos a su nueva compañera. Cascos se nos va. Ayer lo anunció en Oviedo, nervioso, tímido y avergonzado. Por algo dijo Jardiel Poncela que los seres que no conocen lo que es la vergüenza, también se avergüenzan alguna vez.