ESTABAN ahí los problemas que agobian a la Administración republicana para encarrilar el proceso de transición iraquí antes de que lleguen las urnas de noviembre. No es de ahora la reclamación de los chiíes para que se les reconozcan los derechos que les corresponden por su importancia demográfica: el 66 por ciento de la población. También vienen de ayer las pretensiones kurdas de que se les consolide el reconocimiento de una entidad nacional, acaso instrumentable ahora por medio de una fórmula que estaría más próxima a un confederalismo a la suiza que a un federalismo a la alemana. No se trata de pretensiones que tengan su origen en la pasada guerra de Irak: proceden de un pasado remoto, en el caso de los chiíes, políticamente preteridos desde el siglo XVII, con la conquista del actual espacio iraquí por el Imperio Otomano, que confesionalmente giraba sobre el eje del sunismo, enemigo del chiísmo. Y lo de los kurdos -también fagocitados por la Sublime Puerta durante su expansión a Levante en el siglo XVII- tampoco trae su impulso de ahora, de la guerra aún inconclusa, sino de la derrota de Turquía en la Primera Guerra Mundial, cuando a los kurdos se les dio, en la Paz de Versalles, un Estatuto con derecho a Estado, que después se les retiró para aplicarlo al actual Irak. Eran problemas -chiíes y kurdos- que estaban ahí, enquistados a la luz del petróleo de Kirkuk, bajo el Estado unitario, y políticamente confinados por la dictadura nacionalista y laica del Baas. La guerra rompió el régimen sadamista, pero también su recipiente: el Estado unitario. Estos problemas son fruto de la victoria militar. El lío es tan gordo que la ONU se resiste a volver a Bagdad.