NUEVE AÑOS hace que ETA asesinó a Gregorio Ordóñez, teniente alcalde de San Sebastián y parlamentario vasco del PP por Guipúzcoa. En un restaurante de la parte vieja de la bella Easo, donde Goyo tenía la libertad y el valor de ir los lunes, para no perder tiempo y seguir trabajando en el ayuntamiento, culminó, con tiro en la nuca, la conspiración contra su persona. Me lo había confesado un mes antes. Temía que tras los asesinatos de un policía municipal, de su confianza, y dos paisanos, él estuviera en la lista de los que sabían demasiado sobre negocios sucios con ETA de por medio (informe Navajas). Le recomendé que pidiera escolta. Se negó, dijo que no quería que asesinaran a más de uno por su causa. Y siguió cumpliendo con su deber, hablando claro, luchando y predicando con su iniciativa en la tarea de cambiar el País Vasco. La sangre de mi amigo Goyo fue semilla que ha germinado. La generación de Ordóñez hoy ocupa la primera línea de la política constitucionalista. Me quedo con Enriqueta Benito, Leopoldo Barreda, María San Gil... Sin aquel fatídico 23-E del 95, muchos jóvenes vascos no habrían optado por ser concejales de la libertad en lugares de Euskadi donde sólo se podía ser nacionalista y fundamentalista. Sin Gregorio no habría existido la gesta en torno a Miguel Ángel Blanco en el 97. ETA, en el 86, había matado a Casas, secretario general de los socialistas en Guipúzcoa. Después, las asambleas de presos exigieron el alto el fuego contra los políticos. Hasta lo de Ordóñez, en que, desaparecida la cúpula Artapalo, los comandos de ETA van por libre. Primero asesinan a Ordóñez y luego lo comunican, descubriendo que el efecto les satisface. Y siguen la escalada más sangrienta de la historia del País Vasco. Pero el espíritu de Goyo había calado en el alma de los vascos para salir de las catacumbas, para ponerse el buzo de la dignidad y enfrentarse, en la calle, en las tribunas, en la universidad, con el miedo, los secuestros, las bombas, las amenazas. Al poco tiempo del asesinato de Goyo, Aznar sufrió el atentado de Madrid. El mismo año que había celebrado con Goyo, aspirante a la alcaldía, la fiesta de San Sebastián. De todo aquello, en lo personal, me arrebataron a un amigo y se ganaron un enemigo; me propuse que la historia de Goyo nunca se olvidara; y descubrí que existen los héroes y que hay, como en el Mío Cid, hombres capaces de ganar batallas después de muertos.