La terrible decepción de Carod

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

26 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

¿ES UN delito hablar con ETA? Según Rajoy, sí: es «ilegal y delictivo». A partir de esa idea, quien hable con ETA tiene la obligación de dar los datos a la policía. Sin embargo, la historia sugiere que hay excepciones. Habló un gobierno socialista en Argel, lo hicieron dirigentes del PNV, y lo hicieron tres enviados personales del presidente José María Aznar. Parece que una entrevista con ETA se legitima si su objetivo es buscar la paz o sondear una tregua. Los enviados de González y Aznar nunca tuvieron obligación de dar los datos a la policía. A ello pareció acogerse Carod-Rovira en su explicación de ayer. Lo que sucede en el caso del conseller en cap es que nadie, con autoridad o sin ella, le comisionó para sondear nada. Y, aunque fuese verdad que sólo acudió a la cita con ese fin, todo se hace sospechoso en su actuación por cuatro razones: tiene querencia a verse con ETA, es casi una obsesión, como demuestra su biografía; se reunió siendo jefe de gobierno; lo ocultó a sus socios de coalición y, de forma lacerante, a su presidente; y lo ocultó a toda la sociedad, que tiene derecho a conocer sus pasos. Una reunión con ETA no es una cita para comentar la quiniela del domingo. Si al final se supo, no es porque Carod haya querido comunicarlo, sino porque un periódico lo supo y lo divulgó. Ayer, el dirigente ofrecía la imagen de un hombre que había sido «pillado» en algo inconfesable. Si tuviera la conciencia tranquila, habría aceptado preguntas de la prensa. Si damos por buena la información de ABC en el sentido de que quiso pactar que ETA no atente en Cataluña, estamos ante algo inaceptable. Si se demostrase cierto, el señor Carod habría dejado de ser un ciudadano honorable y habría alcanzado la categoría de miserable. No merece otro calificativo quien da el visto bueno a que unos asesinos maten, siempre que no sea en su casa. Y no merece otra consideración quien reconoce un papel político a una banda armada. Cuando escribo esta crónica, ignoro qué hará Maragall. Pero, ante la opinión pública, y después de que Zapatero reveló que nunca había conocido los contactos, Maragall es un hombre burlado por su número dos. Carod le ocultó información sustancial que afecta a su crédito, a su dignidad como gobernante y a sus convicciones más profundas. Por mucho que recompongan el buen ambiente, su gabinete queda herido de muerte. Pero hay algo que queda más herido todavía, al menos en el criterio de este cronista: el desengaño terrible que produjo el señor Carod. Nunca pensé que el independentismo catalán pudiera llegar a este extremo de vileza. ¡Y qué doloroso es pensar que ahora muchas voces empezarán a decir que todos los independentismos son iguales!