LA GRAVÍSIMA crisis política surgida tras conocerse las conversaciones entre Carod Rovira y la dirección de ETA militar sólo puede resolverse de dos formas: o con su inmediata salida del gobierno, o con la dimisión de Maragall. El cese de Carod sería, sin duda, la solución lógica en un sistema democrático. Pues ha sido Carod el que, con su increible decisión, ha traicionado de un modo intolerable la confianza en él depositada. ¿Quién podría creer en el futuro a Maragall si se empeña en mantener en el gobierno a un socio que es capaz, nada más ni nada menos, que de negociar con ETA a sus espaldas? Es, de hecho, ese engaño inadmisible el que Maragall no puede aceptar si quiere mantener su autoridad, evitando que la crisis provocada por Carod acabe por llevarse por delante no sólo al líder de Esquerra sino a él mismo y, con él, al tripartito que hoy gobierna Cataluña. Cierto que con las mañas propias del gran oportunista que ha demostrado ser una y otra vez, Carod ha intentado, desde el instante mismo en que admitió haber hablado con ETA militar, desviar la atención del punto central de la cuestión, que no es obviamente el de si debe o no negociarse con la banda criminal, sino el de si puede hacerlo el conseller en cap de la Generalitat sin la previa autorización del president. Por eso, el que Carod haya negociado o no con los asesinos inmunidad territorial para que ETA no mate en Cataluña (es decir, para que si lo hace ¡lo haga fuera de las cuatro provincias catalanas!) sólo vendría, de ser cierto, a convertir su acción en una indecencia repugnante, pero no cambiaría la esencia del monumental problema político que sigue teniendo planteado Maragall. A Maragall sólo le queda, por lo tanto, un camino para evitar la ineludible salida de Carod de su gobierno: la de asumir (aunque sea falso) que aquél se entrevistó con ETA tras haber sido autorizado para ello. Quizá cabría salvar así Carod, pero a cambio, claro, de que el President pusiera su cabeza en la picota: pues no podría conservar el apoyo del PSC quien asumiese tan flagrante violación de un acuerdo -el de no negociar con ETA- centro de un pacto, el antiterrorista, que ha llevado a los criminales a su punto histórico de mayor debilidad. Es tan evidente que Maragall debe prescindir de Carod sin dilación que así se lo ha exigido en público hasta el propio Zapatero. Empecinarse en mantenerlo en el gobierno sería desoír un sabio consejo de Cambó, uno de los fundadores de ese catalanismo que comparten el president y su ahora simple conseller: el de que una de las maneras seguras de llegar al desastre consiste en retrasar lo inevitable.