El legado de Aznar

| MARÍA ANTONIA IGLESIAS |

OPINIÓN

29 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL TODAVÍA presidente del Gobierno está cumpliendo, al pie de la letra, una reciente advertencia: «Haré de Aznar hasta el último día». Fiel a su autoritario talante, pero, sobre todo, a su forma de estar en política, Aznar vive sus últimos días en el poder empeñado en añadir insoportables grados de crispación a su legado político. No hay intervención suya que no aproveche para realimentar el fuego de la confrontación hasta niveles de irresponsabilidad realmente graves. En su primera etapa de gobierno, Aznar dedicó buena parte de su energía como gobernante, no tanto a gobernar como a intentar barrer de la memoria de los españoles los años de quien, todavía hoy, constituye su obsesión enfermiza: Felipe González. Imbuido de un adanismo grotesco, Aznar quiso llevar al convencimiento de los ciudadanos de este país de que nada, ni siquiera la democracia, ni las carreteras ni el alumbrado público, existían antes de que él llegara al poder. Para él la etapa socialista fue un error de la historia que había que tapiar con piedra y lodo. Armado del eslogan «socialismo es corrupción», Aznar comenzó a construir su legado político de verdadera guerra sucia, de aquel vale todo que le proporcionó pingües resultados electorales, que llevó al poder. Luego le llegó el turno a los nacionalistas vascos con los que, de la mano de un Arzalluz entregado a las promesas del nuevo presidente del Gobierno, trazó una estrategia de complicidad que duró lo que la situación de la agobiante minoría del PP en la primera legislatura. Obtenida la ansiada mayoría absoluta, Aznar no sólo rompió aquel idilio con Arzalluz sino que inició una virulenta ofensiva contra el PNV destinada a convencer a los españoles de que los nacionalistas y, sobre todo su líder, eran, sin matices, la longa manu del terrorismo. Su estrategia de confrontación con quienes representan a la mitad de la sociedad vasca ha sembrado una política de tierra quemada letal para la convivencia, para la confianza en el futuro de una Euskadi transversal y tan necesitada de recuperar el valor del diálogo, de la reconciliación, de la cohabitación. Ahora Aznar desea trasladar su legado político a Cataluña, con una de las afirmaciones más torpes e irresponsables que pueda hacer un gobernante. Al rebufo de la grave crisis abierta en la Generalitat, tras la irresponsable aventura de Carod-Rovira con ETA, Aznar hace un mezcla explosiva con la crisis de algunas empresas extranjeras que han dejado sin trabajo a miles de españoles catalanes: «Esa Cataluña de los pactos con ETA y de las empresas que se marchan no da ejemplo a España», ha dicho. Es difícil encontrar un ejemplo más elocuente de demagogia antipatriótica, anticatalana y antiespañola. Es de esperar, para no desesperarse, que si Mariano Rajoy gobierna este país, no recoja el legado de Aznar.