El manual de Carod-Rovira

OPINIÓN

01 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL «ERROR» de Carod-Rovira está dando material suficiente para un magnífico manual de comunicación, porque ya no falta en el caso ninguna de las sutilezas propias de los gabinetes «de agitación y propaganda» concernidos: a favor, en contra, en contra y a favor y viceversa. Tanto que ya no es fácil saber en qué fase del barullo nos encontramos ni cuantos culpables (de no se sabe muy bien qué) surgirán en los próximos días. Lo único seguro es que todos han trabajado a tope para salir del encierro con el menor número de cornadas en el propio cuerpo y el mayor posible en el del adversario. Algo -digámoslo cuanto antes- legítimo y, si me apuran, también obligado. Porque las cosas son como se perciben. Lo sabe cualquier comunicador. La deslealtad de Carod-Rovira era un hueso demasiado atractivo para que fuese desaprovechado en plena precampaña electoral, hay que reconocerlo. El líder de Esquerra Republicana de Cataluña, al que parece habérsele subido el éxito a la cabeza, ha proclamado: «Me he equivocado en la forma pero no en el fondo». ¿De qué estará hablando? En la forma y en el fondo ha erosionado las posibilidades electorales del PSOE. En la forma y en el fondo ha actuado a espaldas del presidente de la Generalitat. En la forma y en el fondo ha contribuido a mejorar la posición política del PP. ¿Y quién ha hecho esto? Alguien que cifraba su objetivo preferente era apartar a los populares del Gobierno del Estado. Como se dice ahora: «Muy fuerte, tío, muy fuerte». Pero los fabricantes de estrategias de comunicación para casos como éste ya lo han reformulado todo, de manera que la única verdad que sobrevive es la que le conviene a cada uno. Carod sólo admite un pero formal que a su zafia actuación política. Pasqual Maragall considera que el caso se ha cerrado del mejor modo posible. Rajoy le pide explicaciones al PSOE por su política antiterrorista, y Zapatero insiste que le expliquen la filtración del documento y por qué no se ha detenido a los interlocutores etarras de Carod. Posiciones lógicas y sostenibles que, paradójicamente, no incluyen la pregunta de la mayoría: ¿de qué hablaron Carod y los etarras? Por saber algo, hombre.