EN EL ALUMBRAMIENTO del llamado Plan Galicia, cuyo primer aniversario acaba de cumplirse hace unos días, fue decisivo el Prestige . No fue su causa, sino su ocasión. No parece suscitar dudas que el tándem Aznar-Rajoy fue decisivo en el diseño del Plan. Quizá en el segundo haya tenido que ver el paisaje y en los dos su relación partidaria con el presidente de la Xunta. Cualesquiera que hayan sido las motivaciones, el Plan, como realidad, adquiere una dinámica propia de algún modo independiente de su circunstancia originaria y de sus impulsores. En el Plan figuran previsiones sobre las grandes infraestructuras, como el ferrocarril de alta velocidad, autovías o el puerto exterior. Por lo que se refiere al ferrocarril de alta velocidad, que ha sido presentado reiteradamente estos años en Galicia como el «proyecto estrella», parece que se ha optado por lo que reclamaban el sentido común y los ciudadanos no sujetos a la disciplina del partido en el poder autonómico. Se vendía la infraestructura vital para nuestra tierra con un trazado que suponía una duración de cuatro horas para alcanzar el centro. Afortunadamente, desde ese centro, se ha propuesto que no rebase las tres horas. Tardará en hacerse realidad pero, al menos, lo programado es correcto. Como tampoco es descabellado el proyecto del ferrocarril que por el Norte nos una con el resto de Europa sin que el tráfico pase necesariamente por Madrid. La finalización de la Transcantábrica y el puerto exterior constituyen elementos fundamentales para el futuro de Galicia. Hace unos diecisiete años publiqué en este periódico un artículo, después generosamente premiado, en el que razonaba sobre el hecho constatable del continuo «vencimiento» de España hacia el Este. Los datos muestran que el fenómeno persiste, no obstante hayan avanzado todos los cuadrantes del país. La ampliación de la Unión Europea en la misma dirección acentuará el diagnóstico. En estos días la prensa especializada alerta sobre la atracción de Europa Oriental y de Asia, en especial China, para las inversiones industriales. Llamaba, entonces y lo he repetido numerosas veces, la necesidad de obtener rendimiento de las facetas positivas de nuestro «hecho diferencial». Es ahí donde radica la importancia del puerto exterior. No se trata de un proyecto local ni de coyuntura. Ha quedado claro que no ha de confundirse con un puerto refugio. Tampoco su razón última radica en la repercusión positiva que pueda producir en la reordenación urbanística de la actual zona portuaria. Tiene que ver con el comercio trasatlántico y la integración en el sistema europeo. Por eso, resulta imprescindible su comunicación por ferrocarril y la autovía del Cantábrico para el transporte de mercancías. El proyecto reclama financiación estatal y europea. No puede abordarse desde un puerto o un municipio como, en principio, se planteó de un modo voluntarista. Al Gobierno del presidente Aznar, cercano ya a su fin, corresponde la responsabilidad de hacer viable económicamente el puerto exterior -de Galicia- despejado su planteamiento técnico. A él corresponde el mérito de la decisión y el valor de influir decisivamente en su ubicación, salvando la inercia del no hacer para evitar rivalidades. El prestigio del Plan y de sus promotores dependerá de su satisfactoria ejecución.