Electoralismos

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

04 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL PASADO martes, 27, Carod-Rovira planteó la posibilidad de añadir a su salida del gobierno de la Generalitat, el abandono del tripartito por parte de ERC. Maragall tuvo entonces la oportunidad de imprimir un sesgo de estadista a la crisis servida por su conseller en cap. Pudo aceptar el envite, zanjar el tripartito y dar paso a una moción de confianza cuyo resultado más probable -ya que no el único posible- hubiera sido la convocatoria de unas elecciones anticipadas. La crisis en la Generalitat, cerrada de tal modo en sus adecuadas condiciones de presión y temperatura, se habría circunscrito, por esa vía, a su ámbito más natural, y su instigador, Carod-Rovira, se habría visto recolocado en su escenario electoral más auténtico, es decir, el menos necesitado de retórica para la ponderación de sus iniciativas políticas. El juicio de sus actos se habría puesto al alcance de sus electores, ni más ni menos. Hubiera sido una decisión espectacular, con todos los ejemplares atributos que la naturaleza de las instituciones concede a los políticos capaces de: a) Mostrar que la dignidad de las instituciones se resquebraja en cuanto quienes las encarnan suscitan una duda razonable; y b) Evitarlo. El presidente de la Generalitat fue engañado por las acciones y omisiones de su conseller en cap , que es quien representa a la Generalitat en ausencia de su presidente, en cuyo caso pasa a ser presidente en funciones y sus funciones, las realizadas en nombre de la Generalitat. Tomadas en serio las cosas, el viaje a ninguna parte (o a demasiadas) de Carod-Rovira tuvo lugar cuando Maragall estaba ausente, de manera que Carod-Rovira viajó como presidente en funciones, o bien, al ausentarse también Carod-Rovira y con él, el presidente en funciones, la Generalitat quedó más sola que Fonseca o descabezada o con una cabeza en la inopia y la otra en Babia. (¡La de cosas que hay que ver!). Es obvio que no han sido estas las razones que más han pesado en la pinturera decisión tomada finalmente por Maragall para poner las cosas en orden como si hubiera estudiado para mantenerlas desordenadas. Así que ha despreciado la ocasión de reclamar del pueblo soberano el contraste entre la opinión pública y las opiniones privadas puestas en la suma de los votos directamente afectados. Nos hemos quedado sin ver la agria faena de Carod-Rovira puesta en su debido sitio por el pundonor del traicionado, y sin poder considerar a un presidente de la Generalitat perfectamente dispuesto a demostrar con convicción y elocuencia que con él no se juega, porque jugar con él es jugar con la Generalitat. Es una pena, pues semejante actitud habría colocado a Maragall entre la admiración y los aplausos de propios -más y menos propios- y extraños -más y menos extraños-. Pero el presidente de la Generalitat ha preferido quedarse a solas con la versión y el proyecto de Carod-Rovira, y aislado en el compromiso de mantener abierta la puerta de la Generalitat a quien puso en un brete la integridad, el crédito y la transparencia de su gobierno. Podía haber sido peor, pero no se me ocurre cómo.