El error de Maragall

OPINIÓN

05 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

LO PREOCUPANTE no es que Pasqual Maragall haya reclamado para sí el derecho a gestionar y resolver el caso Carod conforme a parámetros políticos catalanes. Hasta cierto punto, esto era previsible y normal. Lo preocupante es que, al hacerlo, haya dejado ver que su mentalización es todavía más la de alcalde de Barcelona que la de presidente de la Generalitat. Aquí radica el problema. El caso Carod no era una cuestión municipal ni se resolvía en esa instancia. Era una cuestión de Estado. José Luis Rodríguez Zapatero se dio cuenta de ello y, en buena lógica, pidió la destitución de Carod Rovira. Maragall, celoso de su autonomía, zigzagueó en busca de una posición equidistante y satisfactoria para todos. Pero esta posición no era posible, precisamente porque no era alcalde de Barcelona sino presidente de la Generalitat. Por eso la crisis, lejos de zanjarse, sigue coleando, y sus efectos están condicionando la precampaña electoral. Las relaciones PSC-PSOE no atraviesan su mejor momento y el tripartito catalán no acaba de asentarse en la práctica sobre los acuerdos que suscribió. He leído en alguna publicación algo sobre la tristeza de Jordi Pujol al contemplar el espectáculo. Y no me resultó extraño. Pujol logró poner en pie una política de equilibrios, a veces afiligranados, pero siempre inteligibles, escenificando una Cataluña que no se sentía cómoda dentro del Estado español, pero que no quería separarse de él, es decir, que sólo necesitaba reacomodarse mediante alguna fórmula, que últimamente se concretó en la revisión del Estatuto de Autonomía. Lo que está viendo es cómo se empieza a desmoronar el edificio de sutilezas y contrapesos que levantó. La idea de Maragall de que era necesario un cambio y que, a la vista de los resultados electorales, ese cambio debía verse reflejado en un pacto con los catalanistas que diese prioridad a las políticas de gestión, era un buen argumento ante la inevitable fatiga producida por el pujolismo. Pero falló Carod y el horizonte del tripartito se atiborró de nubarrones. Ahora hace falta coraje, lealtad y pocos celos para recobrar la confianza. Y también para no causarle más daño al candidato socialista.