HAY QUE RECONOCER a los responsables del cine español un mérito que les adorna cada año: la habilidad de desviar su fracaso como industria hacia derroteros políticos que la alejan de la realidad pero le otorgan protagonismo mediático. La última gala Goya no fue la fiesta de su éxito en taquilla y en los mercados internacionales, que es como se debe medir esta industria, sino la constatación de su escaso talento y de que esta cita anual enmascara su fracaso sirviendo de plataforma para reivindicaciones de colectivos minoritarios que, como han dicho tardíamente cinco productores que ven tambalearse el maná de las subvenciones y las inversiones obligatorias, se han hecho con el control ideológico de un acto pensado para la imagen y promoción del cine patrio. Es lógico y hasta sano que algunos de los más desconocidos cómicos españoles se apunten a la pegatina contra la derecha y decidan explicarnos su opinión sobre el Gobierno en varios cortos agrupados en un largo muy largo que quieren emitir por televisión. Alguna cadena lo hará y hasta les pagará por ello. Estará en su derecho si no es pública, porque de serlo habrá cola de otros colectivos con los mismos títulos para darnos su opinión sobre lo que piensan de ese o de otro asunto. Como ha dicho con acierto la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), el comunicado de los productores cinematográficos Eduardo Campoy, César Benítez, Enrique Cerezo, Andrés Vicente Gómez y Francisco Campos «llega un poco tarde» y que haya salido después de la gala del cine español podría responder a «motivaciones económicas». Julio Medem tiene todo el derecho a hacer el documental que ha hecho sobre el País Vasco y a describir el problema desde su óptica, lo lamentable y preocupante es que ningún otro director o productor haya tenido la idea o el coraje de hacer otro desde el punto de vista contrario o desde el drama de las víctimas del terrorismo etarra. Al cine español le falta calidad pero sobre todo, y esto es lo preocupante, le falta sensibilidad hacia otros temas y algo de patriotismo o si lo preferimos menos dosis de antipatriotismo y de antiespañolismo visceral, instalado desde hace décadas entre nuestros actores y responsables de esta industria. El cine español siempre anda cojo: sufrió años de falta de recursos cuando andaba sobrado de talento y ahora le sobran recursos y le falta talento. Si recupera las dos piernas quizás asistamos a galas Goya sin muletas que tengan refrendo de taquilla y calor del público. Será cuando quienes representan esta industria caigan en la cuenta de que deben crear nuevos mitos y repartir ilusión a una sociedad cansada de gansos y agujeros negros.