LA PRECAMPAÑA electoral española coincide con las primarias americanas que decidirán el candidato demócrata que disputará a Bush la presidencia. Están resultando interesantes por diversos motivos. Porque se trata de vislumbrar, después de un largo período en que parecía imposible, si existe una alternativa real y no obedece sólo a la dialéctica electoral de aspirante/titular del poder. También, porque en este largo trayecto se están produciendo alteraciones en la preferencia de los electores respecto de los sondeos iniciales. Con esa ocasión se ha planteado una serie de cuestiones acerca de los perfiles de los candidatos y de las cualidades sobre las que construir un vencedor. Son opiniones, no aceptadas unánimemente y, por supuesto, no exportables, aunque toda elección tenga un substrato común. La historia reciente demuestra que, en nuestro país, el sistema de selección por primarias, dentro de un partido político o de organización comparable, no funciona. ¿Cómo reacciona el electorado? Varias claves pueden encontrarse como respuesta que, a veces, se formula con una nueva pregunta. ¿Se vota al candidato con el que uno sintoniza o al candidato que se cree que va a ganar? También puede plantearse de otro modo: ¿se votará al candidato con el que se está de acuerdo aunque no le entusiasme su manera de ser o de decir? Las condiciones personales, ¿garantizan que será un buen presidente? Y, al contrario, ¿la mayor experiencia en política interior y exterior hace al aspirante que sea el mejor candidato? Obviamente se trata, en primer lugar, de ganar las elecciones. Por muy descarnado que parezca. Eso implica conseguir el mayor número de votos. Y como en toda acción en que intervienen hombres y mujeres, lo personal cuenta. No sólo interviene la cabeza y la cartera, también los sentimientos, que son variados e, incluso, variables como los humores. Por eso los candidatos se someten al test del carácter, subrayando aquellas facetas de su personalidad que creen favorecen la confianza del elector. El candidato insiste en que lo juzguen por su biografía, lo que ha hecho en tales y tales situaciones, en lugar de hacerlo por los juicios de los adversarios o la etiqueta que le cuelguen. El candidato se esfuerza en esa dirección por conseguir en estratos sociales medios y bajos -definidos por la renta- que le vean como uno de ellos por haber salido de su ambiente, aunque sea graduado de una universidad de élite. No siempre los candidatos aciertan en el tono o en el mensaje. Se producen sorpresas. Para Howard Dean resultó negativa su estentórea reacción después de su derrota en el caucus de Iowa. Se prefirió la capacidad de liderazgo a los decibelios del discurso. Un exceso de simpatía puede perjudicar la seriedad que se espera en quien ha de tomar decisiones importantes en el gobierno de un país. Para algún observador se está imponiendo la sobriedad sobre la verborrea, en la búsqueda de un candidato con peso, que no desequilibre el barco por cualquier vaivén. Mucho tiene que ver en el éxito del candidato que sea percibido como quien mejor puede, en un concreto momento, afrontar los principales problemas del país. Por seguir con el caso americano, Bush padre, exitoso en política exterior, perdió ante el bisoño Clinton porque éste situó la economía en el primer plano. Ahora mismo el dilema a resolver es si primará o no la seguridad, al rebufo todavía del 11-S, para lo que Bush Jr. parece mejor situado. ¿Qué es lo prioritario entre nosotros? Lo despejará la votación del 14-M. Carece de sentido una importación de USA; pero no me resisto a promover la del comportamiento del aspirante de momento mejor situado, J. F. Kerry, al referirse educadamente a su deseado contrincante como «an enjoyable person» .