EL MINISTRO de Defensa debe pensar que los duelos con pan son menos, y compensa con un euro -parva compensación-, las incontables mentiras del Gobierno sobre nuestra participación en el conflicto de Irak. Que probablemente seguirá siendo una misión humanitaria, como dijeron mil veces, si acaso porque cuesta vidas humanas... y muchos nos tememos que la sangría no ha terminado. Al punto que retuercen los argumentos para desmemoriados, día habrá que nos digan que ni siquiera llegaron a sospechar que hubieran existido las armas de destrucción masiva de Sadam. Federico Trillo tiene, como muchos políticos españoles, la gran fortuna de que este es un pueblo tan estrambótico -más que permisivo- que ni siquiera castiga la mentira de sus hombres públicos. Pero el ministro que demuestra tener la fe del carbonero en Aznar es, a ojos vista, profusamente retratado cada Semana Santa, devoto de otro Señor que según su decálogo sí sanciona severamente la falta de verdad. Uno no se mete en el ámbito de la intimidad y ni siquiera se pregunta si por esa vía tendrá Trillo la conciencia que le falta como político profesional. El peor ministro de Defensa que ha tenido este país en décadas, tiene su propio código y seguramente no habla para simples como usted y yo. Cuando quiere decir que viva El Salvador grita «¡Viva Honduras!». Cuando pretende explicar las causas que favorecieron la muerte de 62 militares en un accidente en Turquía, se instala de tal modo en la contradicción que mejor es quedarse con sus conclusiones simples y exculpatorias para no tener complejos de país bananero. Por eso quizá no haya que entender ahora que desmiente la argumentación que utilizaron profusamente sobre las armas de destrucción masiva de Irak, ¡vaya a saber qué debemos interpretar de sus palabras! Tan tacaño como ha sido en las explicaciones parlamentarias lo es en el premio del euro. Aunque a lo peor hay que valorarle porque la moneda europea está en una fase de alta cotización.