ALLÁ, en Cataluña, donde la crisis, un señor llamado Pascual Maragall, echó mano de su mejor voluntad, cogió una palada de tierra, y la echó sobre la quiebra: la crisis queda cerrada. Se sacudió las manos y decidió seguir, como si no hubiera pasado nada. Es la segunda vez que hace lo mismo. Ya se va conociendo su especialidad. Es dar por cerrados los escándalos con un apaño de buenos amigos: oye, Carod, que mejor no vuelvas, que nos echan a todos. Y Carod, tan buena gente que se entiende con ETA, le dijo aquello de «vale, Pasqual», e hizo lo más insólito que hemos visto en política: sirvió su propia cabeza en una bandeja que él mismo había pulido. Lo menos que puedo decir es que don Pasqual no se ha enterado de qué va esto. Él es el presidente del gobierno, o como tal figura, y deja que la solución sea comunicada por la víctima, en una renuncia clamorosa a sus competencias y poderes. Al comunicar el nombre del sucesor de Carod, actúa más como portavoz de su gobierno que como autor directo de la supuesta solución. A efectos catalanes, mantiene el tripartido, sin más correcciones que la cobertura de una vacante, como si todo lo ocurrido fuera un incidente menor, que no requiere mayor cirugía. Y, a efectos españoles, aparece como un socialista distinto, que está en las antípodas del pensamiento de otros presidentes como Bono o Rodríguez Ibarra. Eso sí: puede presumir, como la otra vez, que ha cerrado el asunto en menos de 24 horas. Como si esto fuera una carrera de velocidad. Como si la política fuese un velocímetro. Este cronista, os lo confieso, tiene ganas de defender a Maragall y, sobre todo, al PSOE en estos tiempos de tribulación. Pero, leñe, son tacaños en brindar oportunidades de hacerlo. La solución que ayer se alumbró en Cataluña no tapa ninguno de los agujeros abiertos. No devuelve a la Generalitat el honor perdido. No demuestra autoridad suficiente del partido mayoritario que ocupa la Presidencia. Y no responde de forma contundente ni convincente a la artillería dialéctica que ha empezado a desplegar el Partido Popular con astucia y eficacia electoral: Carod-Rovira fue sólo un enviado a Perpiñán; hay un partido que negocia con ETA, que es Esquerra Republicana, y ese partido es el socio de los socialistas en el gobierno catalán y en las listas al Senado. Con lo cual, las cosas quedan prácticamente igual que cuando se difundió el comunicado de ETA. Matizo: queda un poco peor, porque parece que todo lo que puede hacer Zapatero, convertido en la carne de un sándwich entre Bono-Ibarra y Maragall, es también dar por buena la solución. Es decir, ir tirando. Y resignación. Mucha resignación. No hay nada que no pueda empeorar.