HAY TEMAS que uno preferiría no abordar, vidas marcadas por la caída, la discordia y el desamor. «Es tan fácil pelearse, decía Chesterton, que lo heroico es mantener vivos los afectos y la capacidad de admiración». Debe merecer comprensión todo lo que hacen los seres humanos, sin juicios ni prejuicios, para trascender su circunstancia subjetiva y hacer de la vida algo más que una sucesión de naufragios. En Francia, en particular, es de mal gusto abordar lo que concierne a la vida privada, a la que Malraux se refería con una fórmula clásica: «Miserable montón de pequeños secretos». Sin embargo, desde hace años, los emporios televisivos y la prensa amarilla, explotan el aspecto morboso de los humanos, y explayan ante nosotros conflictos familiares y situaciones degradantes. Parece ser que estos programas están en baja, pues el filón no es inagotable y nada nuevo hay bajo el cielo. El libro, que a tan altas funciones estuvo llamado («No hay libro malo que no contenga algo bueno», dice Cervantes), sirve de sustituto para los argumentos basura. Uno de esos programas, No se puede gustar a todo el mundo , es dirigido por el animador Marc-Olivier Fogel, quien ahora publica un libro sobre la vida del joven actor Guillaume Depardieu, hijo del actor más célebre del cine francés, Gérard Dépardieu, conocido por sus interpretaciones de personajes excesivos y apasionados. A lo largo de doscientas cincuenta páginas y bajo el título de Darlo todo , Guillaume Depardieu invita al lector a conocer su viaje personal al infierno. Guillaume comenzó su propia carrera en 1991 en la película Todas las mañanas del mundo , que el director Alain Corneau consagrara al compositor de música barroca Marin Marais. Desde entonces el chaval, heredero de un apellido difícil de cargar, alternó entre el cine, el teatro y las encuestas policiales: trifulcas callejeras, tráfico de drogas y exceso de velocidad en estado alcohólico, pasando tanto tiempo en comisarías y asilo psiquiátricos como delante de las cámaras. El momento más trágico de su vida ocurrió el año pasado. Un accidente de moto lo llevó a un hospital donde contrajo una enfermedad infecciosa, que le impuso la amputación de una pierna. La sociedad francesa se conmovió al verlo desplazando su cuerpo voluminoso apoyado en muletas. Depardieu denunció la negligencia médica y creó una asociación de ayuda y defensa de las víctimas de daños hospitalarios. Pero al cabo de poco, una lluvia de balas en un bar de Normandía lo devolvió a las páginas de sucesos. Dirán ustedes que estoy cayendo en lo que denuncio, pero era necesario todo este preámbulo para tratar de comprender al hijo de Depardieu. En el libro que firma con Fogiel, relata con detalle la experiencia de niño mimado de los sectores privilegiados de la sociedad francesa, las difíciles relaciones con su padre, sus siete sobredosis de heroína, su experiencia de prostituto con clientela de ambos sexos, sus altercados con la policía. En el centro de todo, la denuncia de un universo regido por el dinero, la apariencia y la hipocresía: «Desde niño comencé a fugarme y terminé convertido en un antisocial, en una bestia salvaje». Sobre su padre, anota con frialdad: «Sólo sé que ha leído el manuscrito, y si lo llego a ver, me dirá que le gustó. Cuando era niño, llegó a decirme que si tenía problemas con su apellido, bastaba con que adoptara un seudónimo». Con menos palabras lo dijo Santa Teresa: «El infierno es el lugar donde no se ama».