El triángulo equilátero

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

20 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

TODAVÍA hay gente que piensa que la política es como la liga de fútbol, que una vez concluida, y después de cambiar tres equipos, pone sus cuentas a cero y empieza otra vez como si nada hubiese pasado. Por eso se oyen muchas voces que piden que todas las campañas se hagan con un ceremonial completo, con debates que enfrenten a los candidatos, con una renovación de promesas que se remonte al bautismo, y con explicaciones del programa que no den por supuesto nada de cuanto los ciudadanos ya saben y valoran con prudente escepticismo. Pero, lejos de esa visión fragmentaria, la política es un hecho continuo e indivisible, en el que se acumulan experiencias pasadas, en el que hay muchos problemas de larguísima duración -el terrorismo, el paro, la Justicia, la vivienda, las infraestructuras... ¡siempre lo mismo!-, y en el que compiten muchas personas que tienen un currículum de veinte o treinta años -en Galicia cincuenta- de servicios a la patria. Por eso tiene mucha lógica que, a salvo de situaciones que aconsejen otra cosa, los políticos europeos no repitan todo el ceremonial de campaña con el meticuloso guión de la política americana, que es admirable, ciertamente, pero que no constituye un paradigma exportable a toda circunstancia. En contra del parecer de muchos expertos, creo que Mariano Rajoy ha elegido la mejor campaña del momento, cuyo objetivo consiste en adueñarse del vértice de un triángulo equilátero dibujado por Aznar, Zapatero y él mismo. A Zapatero lo trata como a un pipiolo destinado a la derrota, cuya misión se reduce a hacer méritos para medirse, dentro de ocho años, con Ruiz Gallardón. Y a Aznar lo trata como a un clásico, lleno de evocaciones, pero imposible de adaptar al nuevo tiempo. Con uno no debate ni discute, sólo lo ningunea. Con el otro hace todos los paripés necesarios, pero marca distancias cada vez más claras. Por eso deja al PSOE sumido en una campaña fantasmal: discutiendo con Aznar en la base del triángulo, y defendiéndose de los molinos de viento que se le aparecen por doquier en forma de Carod-Rovira, de Rodríguez Ibarra o de programa económico que no acaba de cuadrar. Mientras esto sucede, Mariano Rajoy observa el panorama desde el vértice del Olimpo, como un Zeus que, dueño del cosmos político español, reparte felicidad y centellas con prodigioso equilibrio. Por eso espero que Rodríguez Zapatero aprenda tres lecciones importantes en esta campaña: que las ganas de debatir y hacer oposición no se demuestran en cuatro semanas, sino en cuatro años; que a base de asesores yupies no se conecta con los electores, y que si se hace seguidismo del primero, siempre se llega de segundo. Inexorablemente.