DESPUÉS de los campos de exterminio de Auschwitz ya no es posible hacer poesía, dijo T. W. Adorno. Todavía menos después del Gulag soviético, apostilló Solzhenitsin. La vida política en Europa durante el siglo XX ha sido un choque entre utopías totalitarias, saldado en términos de barbarie. Pero muchos no aprendieron de la experiencia; les afectó a otros, no a ellos mismos. Siguieron pensando, como Marx, que la violencia es la partera de la Historia. Y desde los años sesenta se dedicaron al terrorismo. Nunca fueron capaces de sentir el dolor que causaban a las víctimas desarmadas usadas como carnaza propagandística para darse a conocer y legitimar su locura. Los más astutos los utilizaron su ciego nihilismo para subir los escalones del poder. Los ingenuos los jalearon como los valientes que ejercían la violencia de los débiles con causa. ¡Cuánta mentira sostenida y reiterada en el tiempo! A los terroristas también se los fabricaba, se los construía por una combinación de adulación interna en el grupo, con una dosis letal de odio al discrepante. Una causa los justificaba, en España era la autodeterminación nacionalista. Pensaban que al final la historia la escriben los triunfadores, y ellos iban a ganar, navegaban a favor de los vientos del progreso. Como escribió Hannah Arendt de los totalitarios, banalizaron el mal ajeno y convirtieron sus crímenes en meros requisitos instrumentales de una cadena de producción impersonal. Hasta que las víctimas se movilizaron y sus enemigos vacilantes dejaron de dar pábulo a sus racionalizaciones, de buscar cordura con diálogo y se lanzaron a combatirlos con las poderosas armas del coraje político reforzado con la ley. Ahora languidecen, pero hay quien los añora. Como Carod-Rovira, que entiende su utilidad para amedrentar a los adversarios, para cambiar las correlaciones de fuerzas sociales, para silenciar a los disidentes del imaginario nacionalista. Siguiendo la estricta lógica de la realpolitik , y en calidad de primer ministro de un gobierno de liberación nacional, les pide mirar el mapa, afinar la puntería, excluir al territorio aliado. Y los torpes guardianes del terror, ansiosos por demostrar que no están acabados, declaran a los cuatro vientos que retiran sus fantasmales divisiones de Cataluña en nombre de una nueva alianza. Lo hacen en el momento mediático más oportuno, con las elecciones en puertas, para que la obscena visibilidad oculte una fuerza en decadencia. Sus aliados objetivos maldicen y abjuran lo evidente, pero no va a pasar nada; como en bolsa, las expectativas están descontadas. Maragall hace un ejercicio de patriotismo retórico, Ibarretxe gime como en un funeral de cartón piedra, Zapatero alardea de autoridad inane, Anxo Quintana se estrena en la indignación escenificada y los compañeros de Carod colocan impávidos a otro de los suyos en el puesto vacante. Todos quedan a la espera de que la fugacidad de la memoria realice su trabajo.