Desde la democracia

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

25 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EN ESPAÑA, en la política española reciente, hemos pasado de la estrategia de las mayorías a la de los pactos, lo cual no tiene por qué ser de suyo una opción desaconsejable; como tampoco lo es gobernar en minoría -en amplia minoría- con apoyos estratégicos coyunturales. Ciertamente que las mayorías son más cómodas, posiblemente más eficientes, pero también probablemente menos respetuosas con la democracia, sobre todo cuando se combina una fuerte mayoría con la permanencia en el tiempo; en estos casos el déficit democrático, cuando no la corrupción, están casi asegurados. Será por eso que somos cada vez más los partidarios de limitar el tiempo en los mandatos, es decir, la duración del cargo. Aznar nos ha dado en esto un buen ejemplo. Lo ha dicho, y lo ha hecho. Pero la política de pactos puede terminar en un desgobierno cuando no se dan algunas condiciones previas que, a la vista de las recientes experiencias y a mi modo de ver, son fundamentalmente dos. La primera se refiere al talante personal de los gobernantes. Las personalidades dialogantes y tolerantes reúnen una condición previa para pensar en la posibilidad de un pacto estable. Entonces el pacto es un símbolo de madurez democrática. Los ejemplos más próximos los tenemos en la alcaldía de Santiago -Bugallo es paciente y tolerante- y en la Diputación de A Coruña, donde Moreda -y supongo que Bello también- ha instaurado un gobierno de apertura, de transparencia y de tolerancia. Pero en otros casos, cuando en los políticos pactantes domina el dogmatismo, el egocentrismo, la ambición y a menudo la mediocridad, cuando no la revancha, el pacto es un riesgo inevitable. Ejemplos los tenemos también cercanos, en Vigo, pero más aún en Cataluña. La segunda condición prenegociadora es la coherencia entre los objetivos y los programas de los partidos pactantes. Si esta concordancia ocurre, el pacto puede ser incluso aconsejable. Más difíciles de compaginar, de coexistir, son los pactos de oportunidad o los pactos frentistas, porque la misma incoherencia interna es un riesgo permanente para su estabilidad. En Cataluña lo tenemos bien a la vista: el único punto de coherencia sería el republicanismo, porque no olvidemos que el PSOE nació republicano, y que el Estado federal siempre ha sido una opción. Sea ésta o cualquier otra la adoptada -algún día habrá que definirse-, la incoherencia entre un proyecto estatal y otro nacionalista es patente. Desde este punto de vista, y habiendo llegado a este punto, me viene a la memoria el anunciado pacto de gobierno, o de desalojo, según se mire, suscrito entre el socialismo gallego y la oferta nacionalista existente. No niego que la necesidad de un cambio pueda en un momento dado justificar tal acuerdo, pero muchas son las cosas que separan sus planteamientos y fuertes las diferencias entre los respectivos núcleos duros de poder como para garantizar su estabilidad, que es de lo que aquí me ocupa. Lo ocurrido en Cataluña y la historia de los pactos locales en Galicia constituyen un interesante motivo para reflexionar. Yo creo en la necesidad de la alternancia en el poder como condición de higiene democrática, pero sólo cuando la alternativa es más creíble que lo existente, de lo contrario tal alternativa puede ser un salto en el vacío. Pero así como el BNG está bien instalado en su lugar, el PSdeG está perdido, dubitativo, divagante, instalado en la negatividad, en la acritud, en el oportunismo y en la incoherencia. Pienso por eso que es este un buen momento para la reflexión en esta formación sobre su reestructuración, incluso de candidatos si fuera necesario, para llegar a las elecciones autonómicas con un socialismo guiado por objetivos positivos, actitudes constructivas, por una oposición con esperanza. Después cada uno votará a quien mejor le parezca, pero por el bien de la democracia es saludable, deseable, que en cualquier país haya una alternativa coherente y autónoma. Y que nadie entienda esto que escribo como un posicionamiento partidista: nada de eso, es tan sólo un posicionamiento democrático.