EN ESTOS DÍAS de calentura electoral, todo lo que tiene algo que ver con la política y sus consecuencias adquiere una resonancia especial. Por morbosa casualidad, suelen coincidir comportamientos o decisiones en la actividad pública que añaden más leña al fuego de la contienda entre los partidos. Algunas sorprendentes sentencias de los jueces, como la excarcelación de un terrorista de ETA por un olvido administrativo del juez, la concesión de prisión atenuada al violador y asesino de una niña, la libertad a una numerosa banda de delincuentes extranjeros... son tres casos de difícil digestión que demuestran que en la administración de Justicia no se tiene en cuenta el más elemental principio que debería moderar la aplicación de las leyes: el sentido común. Asimismo, en el juego de los intereses políticos, el sentido común es tabú, porque desnuda a los mediocres de todas sus apariencias. Es el caso del ministro de Defensa, Federico Trillo, quien, quizás convencido de que va a bajarse del coche oficial, siembra disparates por doquier y hace méritos para su jubilación política. A este ministro le viene a la medida lo que decía Adenauer: «Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería». También es aplicable esta sentencia a la inefable ministra de... relleno , García Valdecasas, que sale de la oscuridad del anonimato y en un alarde de talento político -léase al revés- relaciona al presidente de la Generalitat de Cataluña con los asesinos de ETA y aunque después intercala un suavizante, lo dicho ya está dicho y su sentido común, junto al de su colega, queda por los suelos y demuestra el proverbio de que para ser ministro vale cualquiera. La patente de despropósitos no es, por supuesto, exclusiva de políticos ni tampoco de algunos de estos jueces extraterrestres que no saben o no quieren administrar su poder de decisión conforme a reglas de sentido común. Otros actores de este vodevil también aportan sus dosis de desmadre a la función electoral. Casi todos ellos actúan en el escenario de los medios de comunicación. Hace unos días, una conocida escritora, por más señas catalana, intervenía en una tertulia vespertina de radio y haciendo uso de su libertad de expresión, calificaba de gilipollas, imbécil y hasta de hijo de p... a sendos personajes del Partido Popular que, dicho sea de paso, habían metido la pata pero sin llegar al extremo de los insultos. Esta ilustrada señora no sólo perdió la escasa dosis de sentido común que se le supone sino también un trozo de su condición de persona civilizada. Y es que, a pesar de las apariencias, cuando la gente presuntamente leída suelta tales insultos en público, además de otras carencias propias de la condición humana, demuestra su falta de talento, porque la persona que tiene talento elige sus palabras y se domina. Viene muy a propósito la anécdota de un inexperto periodista que fue a entrevistar al ya muy anciano Azorín y, de entrada, le pregunta: «Maestro, ¿de qué cosas se arrepiente usted...?». Se produce un largo silencio y el maestro, sin apenas mover la cabeza dice con un hilo de voz: «De haber hablado demasiado...». Naturalmente, en ese momento concluyó la entrevista. Decía Bécquer que «el sentido común es la barrera de los sueños». Sin apelar a la poesía, cuando el más común de los sentidos no ocupa su lugar natural, los disparates se apoderan de la situación y las gentes sin talento se rebozan en su charca satisfechas de su mundo sin sueños. Algunos de estos tipos llegan a ocupar cargos de gran responsabilidad, que les permiten reducir la condena de un violador y asesino de una niña, liberar a un terrorista también asesino, insultar en público abusando de la libertad de expresión o la solemne tontería de declarar la guerra santa a las cabras de la isla de Perejil. Moraleja: Voten al y con sentido común.