España, un cuadro repintado

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

10 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

CUANDO ESTÁ a punto de rematar la campaña electoral, las encuestas dejan aún abiertas varias hipótesis, especialmente por la amplia proporción de indecisos. La más probable es la de Rajoy, al menos a mí me lo parece, pero a los votos me remito. Interesado y apelmazado a la vez por el ritmo y la monotonía de la campaña, se me fue el pensamiento al escenario postelectoral. Y dibujé en mi mente un cuadro, hecho a grandes pinceladas, en el que las luces brillantes, los trazos oscuros y los borrosos y tenues difuminados componían un paisaje más naif que impresionista, iluminado por las cálidas luces del ocaso. La España de mi cuadro, la del año que viene, es la de un país demográficamente envejecido donde reside inerme el inmovilismo inerte del pasado; un escenario repleto de gente mayor que demanda importantes inversiones sociales en los servicios propios de ese sector de población. Un fondo bermellón dibuja una sanidad bien perfilada, es uno de los logros del cuadro, pero con muestras de deterioro en algunos trazos, que habrá que restaurar (gasto farmacéutico, listas de espera, incompatibilidades, falta de personal de enfermería, impuestos autonómicos, etcétera). Sobreponiéndose a la imagen anterior, una población que crece, y lo hace con fuerza gracias al incesante aporte de una maltratada inmigración, teñida de tonos morados mortecinos. Un tema que habrá que repintar en su totalidad, incluso con un nuevo código de color. Una emigración que llena las múltiples escuelas y universidades dispersas por el cuadro de niños y jóvenes de distintas razas, etnias, religiones y culturas. En estas imágenes hace falta una pincelada rotunda, que haga de la española una sociedad más abierta, más tolerante, menos nacionalista, más cosmopolita. Nuestras ciudades, en el cuadro representadas por manchones emborronados, hay que repintarlas, para que sean cada vez más multiculturales, y para eso harán falta gruesas pinceladas, trazadas con una política social de vivienda que impida la creación de guetos étnicos, de espacios marginales reductos de la xenofobia y la pobreza, donde la segregación social puede llegar a romper la imagen unitaria actual en un dualismo dramático. Una España donde el esfuerzo fiscal, con trazos indirectos, está empezado a crear una escena de rechazo. Una economía de color ladrillo que empieza a decolorarse por la reducción de los ingresos europeos, de las exportaciones atenazadas por la fortaleza del euro, por un ahorro destinado al consumo fuertemente hipotecado, por una ruptura creciente entre los que más acumulan y los que menos reciben. Seguramente habrá que reforzar el tono, combinando en la paleta el aumento de la productividad, la innovación y la tecnología, porque una referencia sutil a la deslocalización de las fábricas hacia el oriente de la nueva Europa también se ve en el fondo. Un punto dibuja la participación de la mujer en el mercado de trabajo; habrá que agrandarlo. El punteado de la precariedad laboral requiere un cambio de color. Son pinceladas fuertes y decididas las que precisa el cuadro económico. Una España, la del cuadro, donde el urbanismo, el medio ambiente y el territorio adolecen de un feísmo perceptible y que requieren un tratamiento más sensible de pequeñas pinceladas entremezcladas. Un escenario espacial en el cual la diversidad de las regiones dibuja en el fondo del lienzo un rico y complejo mapa de color, una expresión de esa diversidad que tan acertadamente inspiró a nuestros políticos de la Transición, y que empieza a desdibujarse. Precisa ser también restaurada, porque en el mapa actual hay pinceladas que parecen jirones. La armonía del paisaje, de ese paisaje de la España plural, debe ser redefinida en el cuadro. Queda al fondo una atmósfera de humo, de dibujos borrados, de trozos del lienzo rotos que hay que restañar. Es nuestra política exterior. Y todo ello con un difuminado de verdad, de transparencia, de diálogo, de comprensión. Para repintar el cuadro, y siempre que el terrorismo o la intolerancia cultural, religiosa o nacionalista no acaben por romper el lienzo, la mano que sostenga el pincel debe ser firme y experta. Claro que también puede acudir a la colaboración de todos los ciudadanos para sostenerlo; al menos así, pase lo que pase, siempre se podrá cambiar el título del cuadro y poner Todos a una rememorando nuestra Fuenteovejuna de ayer.