Tiempo de hipótesis

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

10 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ESTAMOS en tiempo de hipótesis. Y no sólo porque la prohibición de publicar encuestas nos deje sin información sobre los movimientos de voto, sino porque todos los mensajes electorales nos llegan en forma de hipótesis -felices unas y terribles otras- sobre lo que podría pasar si votamos así o lo hacemos andando. Para Rodríguez Zapatero es evidente que una mayoría absoluta del PP sería más de lo mismo, y que el cambio de Aznar por Mariano Rajoy no nos va a librar de la mentalidad que nos llevó a la guerra y a enfrentarnos con el núcleo duro de Europa. Para Rajoy es igual de obvio que su proyecto político no tiene más alternativa que una amalgama de partidos y líderes dominados por Carod-Rovira e Ibarretxe, cuya única obsesión consiste en romper España porque sí y para nada. Finalmente, tambien los partidos minoritarios hacen sus hipótesis en función de las previsibles alianzas de gobierno, como si quisiesen obligarnos a ejercer nuestro voto mediante una pura elección utilitaria entre hipótesis prefabricadas. Por eso estamos en el momento oportuno para recordar que la esencia del voto es la libertad, y que esa libertad se lleva muy mal con la fabricación de apocalipsis que tratan de reducir la condición moral de la ciudadanía y de hacer aboyar sus instintos más primarios. Un mapa político reducido a bajadas de impuestos y subidas de pensiones, con un paisaje de caballeros andantes que luchan contra los molinos de viento del separatismo, no parece la versión más ilusionante de España. Y por eso sería bueno que hubiese muchos votantes que, habiéndole perdido el miedo a los debates y al consenso, orienten el voto de acuerdo con sus principios morales. Porque no parece un mal futuro aquel que, a cambio de alguna incertidumbre en el gobierno, consigue restablecer el valor de la política, el principio de la paz y la solidaridad, la cultura avanzada de la democracia y la ilusión europeísta, mientras se rebajan los niveles de engreimiento que nos llevaron a aliarnos con Bush y con todo lo que suena a eficientismo materialista y acomplejado. Ni es verdad que la mayoría absoluta funciona como una plaga de langostas, como dice Zapatero, ni tiene sentido afirmar que los gobiernos de minoría son una apuesta por el caos, que pone en peligro nuestro crecimiento y nuestra estabilidad. La función que tienen estas alternativas, y todas las que entre ellas se mueven, es la de darle relieves y matices a la democracia, para repintar con tonos de grandeza nuestro proyecto político común. En eso tenemos que pensar, y sólo a eso tenemos que dedicar nuestros votos. Lo demás son cuentos de niños, en los que un lobo malvado se come a Caperucita.