La intimidad del dolor

| MANUEL MARLASCA |

OPINIÓN

12 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

RECUERDO LA SORPRESA que me produjo durante mi corresponsalía en Francia la ausencia de imágenes de víctimas -muertas o heridas- de los atentados (islamistas, por cierto) que viví en nuestro país vecino. Aun sabedor ya del código ético que ilustraba esta conducta periodística, no me dejó de sorprender que, a pesar de los miles de imágenes que los fotógrafos tomaron de una agonizante Lady Di, muerta en accidente de tráfico en París cuando el coche en el que viajaba era perseguido precisamente por paparazzi , no se publicara ni una sola. Qué decir del 11-S, con miles de muertos, de los que no tenemos ni una sola imagen, más allá de la del ejecutivo lleno de polvo hasta el maletín que portaba, testimonio periodístico de primera magnitud de aquella tremenda jornada. Y, como contraste, asisto una vez más a la pornografía del dolor que casi todos los medios españoles hacen con las víctimas de nuestro 11-M en Madrid. Que yo recuerde, en España sólo en una ocasión semejantes imágenes fueron hurtadas (es un decir) a los medios de comunicación: fue en el accidente de carretera de Soria, donde murieron un par de decenas de niños y adolescentes en el choque del autobús en el que viajaban contra un camión; pero aquello se debió al empeño del entonces presidente castellano-leonés, Juan José Lucas, que se ocupó personalmente de que los medios de comunicación no tuviéramos acceso ni siquiera a los familiares de las víctimas de aquella catástrofe. Me he vuelto a hacer esta reflexión a la vista del atentado a la intimidad -la del dolor y sobre todo la de la muerte es la más sagrada de todas las intimidades posibles- que supone la publicación de fotos de cadáveres sorprendidos en uno de los espantosos movimientos de la danza de la muerte; del superviviente con el rostro sangrante y probablemente vaciado su rostro de un globo ocular; o, peor aún, las de familiares desesperados entrando en la improvisada morgue del recinto ferial de Madrid como última estación de su particular vía crucis de búsqueda del familiar desaparecido en el accidente, después de recorrer todas las de los centros sanitarios donde había heridos. La ciencia de los deberes, traducción etimológica de deontología, hay veces que brilla por su ausencia en el ejercicio de este bello oficio del periodismo.