EL 14-M no aconteció como se había programado. Llevará, para siempre, la marca del macabro 11-M. No fue una fiesta de la democracia como se acostumbra a nombrar las elecciones. Luto y fiesta se excluyen. Y luto habrá y sigue habiendo. El expresivo lema de la literatura del barroco que alerta sobre la caducidad de los bienes de fortuna. Conviene su recuerdo a todo hombre -«polvo enamorado» en el soneto de Quevedo- y especialmente recomendado a quienes son titulares de poder. Hará muy bien el vencedor en creer en sus palabras primeras de ejercerlo con humildad , cualquiera que sea el fundamento de la convicción. No menos útil será para el ya presidente en funciones. Lo que hace un año era apoteosis internacional es hoy lacerante memoria. Una ola encumbra, otra puede arrebatar por sorpresa del acantilado. Lo expresó magistralmente Shakespeare al poner en boca de Bruto unas palabras antes de su derrota en Filipos: «Nosotros en la cúspide estamos expuestos al reflujo». Un 11 de septiembre cambió repentinamente la Presidencia de Bush. Lo viví sobre el terreno. La entrevista que iba a mantener en Nueva York fue imposible. El eco de la soledad y el silencio del aeropuerto de Chicago, cuando hube de abandonarlo, me ha acompañado con frecuencia en mi reflexión personal. Lo acaba de potenciar otro 11. Hay que tener proyectos y programar su itinerario. Pero algo , rememoran esos hechos, se nos escapa de la pantalla de nuestro ordenador. Los diseños de los candidatos y de sus equipos para las recientes elecciones respondían a escenarios conocidos. Saltaron por los aires, acompañados de sondeos y prognosis. Durante semanas las elecciones estuvieron planteadas sobre la alternativa: mayoría absoluta o no del PP. Durante horas, continuaron dominadas por la del desalojo o resistencia del PP. Terminaron cambiando, incluso de protagonistas: ZP frente a Aznar; Aznar frente a todos o viceversa. Ya no era decisiva la confrontación de programas, ni de talantes de los candidatos. Otro factor fue determinante. Y tanto si se enjuicia negativamente la actuación del Gobierno y del partido que lo sostiene, como si se prescinde de toda valoración, el hecho incontestable es que el terrorismo resultó determinante en ese elemento esencial de un sistema democrático que son las elecciones. Pero también la percepción -cierta y/o distorsionada, espontánea y/o inducida- de que se habían cuestionado o contradicho, en las últimas horas o en los últimos meses, valores que rebasan lo medible en términos de bienestar económico y social. Y es que la política, como cualquier actividad humana, no puede -no debe- prescindir de su dimensión ética. A la postre, más allá de utilitarismos y, por supuesto, sin instrumentarla, tiene valor. En las situaciones críticas reclaman grandeza moral.