Terrorismo como metástasis

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

LAS ACCIONES militares del Ejército paquistaní en la frontera de Afganistán, contra los reductos de Al Qaida, donde se estima está refugiado el egipcio Al Sa-wahiri, restauran expectativas de hace dos semanas, cuando fuentes iraníes cantaron la captura de Bin Laden. Más allá de la probabilidad de la captura o muerte de cualquiera de los dos dirigentes islamistas, lo que se plantea con este despliegue de 70.000 hombres es una doble cuestión: la de la eficacia central de los medios de guerra contra el terrorismo y la de si, a estas alturas, se puede conseguir algo definitivo con la captura de los criminales que han hecho los guiones del espanto. Respecto de lo primero, Bush ha insistido en la validez primordial de su doctrina de la guerra antiterrorista; sobre lo segundo, no cabe prescindir del símil del cáncer: la extirpación del tumor primordial es algo que resuelve si no ha mediado la metástasis. No parece éste el caso de Al Qaida. Incoada la metástasis, establecida la hidra, el cortar cabezas del terrorismo, por muy necesario que se haga, es algo que resulta de una trágica insuficiencia. El cáncer global sobrevive a la cirugía y soporta las terapias químicas y las radiaciones. Y ocurre que los tumores secundarios, emancipados en su dinámica, interaccionan entre sí: como los astros, en las leyes de Newton, se atraen en razón de su peso y de las distancias que los separan. Pero ¿dónde están las distancias, en el mundo de la globalización y de Internet? Al Qaida es una estructura en red que permite combinar lo instantáneo y lo simultáneo. Los terrorismos interaccionan y se reconducen a unidad de manifestación e integración de procesos. Hace falta cirugía militar, quimioterapia policial y, sobre todo, instinto político para evitar el tumor primero. En origen suele estar la torpeza política, como en la guerra de Rambo, o la infección ideológica, como en el caso de ETA.