La doble causalidad en el 11-M

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

24 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

LA LECTURA de algunos de los numerosos artículos de opinión sobre el cambio de gobierno me ha llevado a recordar aquellas lecciones sobre el papel de la causalidad en la valoración ética de los actos humanos que mis primeros profesores de filosofía lograron transmitirme. Unos articulistas sostienen que la causa del cambio fue la acción terrorista del 11-M; de ellos, los más cautos se quedan en el acto mismo, aunque los más fanáticos llegan a cuestionar la legitimidad del cambio o a decir que éste se sustentó en el terror. Del lado contrario están los que dicen que la victoria se hubiera producido igual aunque el acto terrorista no hubiera tenido lugar. También los primeros defienden que la política informativa no fue una causa determinante, los otros afirman precisamente lo contrario. Evidentemente todas estas son interpretaciones simplistas, pero no por eso inéditas. Ahora Aznar añade que el Gobierno no mintió, que la manipulación informativa vino de otro lado. Trata así de salvar la honorabilidad del Gobierno. Lo que no salva con estas declaraciones es la valoración de nuestros servicios oficiales de inteligencia; porque el error, de producirse, resulta extremadamente doloso. Además tampoco salva la perspicacia de los políticos que intervinieron en la labor informativa, porque la propia lógica derivada del análisis de las posibles causas y de las probables ventajas llevaba a pensar, sin dato alguno añadido, en más de una posibilidad. Era una cuestión de lógica, como también lo es el análisis completo y ordenado de los hechos reseñados. Nos encontramos ante un interesante caso de doble causalidad. Desde el punto de vista de la información hay una causa remota: la política de comunicación seguida por el Gobierno desde la crisis del Prestige . Una línea que llevó a la población a dudar de la credibilidad de los propios gobernantes ante la sucesión de equívocos y contradicciones. Esa pérdida de credibilidad ya estaba instalada cuando la campaña informativa del 11-M empezó. La causa remota restó así veracidad a la causa próxima, pues había una fundada predisposición. Lo mismo ocurrió con el otro dato: el peso del acto terrorista en la orientación del voto. Efectivamente, esto fue la causa próxima, con todas las connotaciones emocionales o traumáticas que se quiera, pero los efectos que lograron hay que atribuirlos a una causa remota: la participación en la guerra de Irak contra la mayoría de los ciudadanos. Ambos fueron, sin duda, errores del Gobierno, de alta política unos y de política informativa otros, pero errores al fin. Fueron además errores con premeditación y alevosía. Como consecuencia, la doble causalidad funcionó para provocar el cambio, y el haber sido así es un acto de madurez democrática. Porque se equivocan los que reducen los aciertos políticos al crecimiento del PIB. La política, el desarrollo de los pueblos, el bienestar social es mucho más que una variable macroeconómica, aunque ésta también intervenga. Una posición que siempre he mantenido y que, a la vista de lo ocurrido, he de seguir sustentando.