LA CRUEL matanza sigue viva. El execrable atentado se ha incrustado en nuestra historia. Es un dato insoslayable para las actuales generaciones y para las venideras. Ha habido conmemoraciones, con la emotividad del abrazo que representa a los vecinos de España. Se celebran funerales de Estado con amplia presencia internacional. Todavía habrá personas que están luchando, conscientes o inconscientes, por sobrevivir. La vida quedó truncada para unos y seriamente dañada para otros. La de los demás continúa. La macabra productividad obtenida en un golpe se une a la suma global de una serie que, a lo largo de años, cuadruplica el número. Hay que seguir desarrollando en plenitud lo que significa la vida. Pero no deberíamos actuar como si todo eso no hubiera ocurrido o quedara difuminado en una lejanía mental que no inquietase. Deberían tenerlo en cuenta especialmente quienes ejercen protagonismo público. Tiempo habrá para enjuiciar lo que ha pasado. También para analizar consecuencias del resultado electoral. Todavía hoy lo primero son las víctimas. Deberían haberlo sido, en toda su dimensión, el 11-M y el 12 y el 13 y el 14. Las elecciones del domingo eran en esos momentos, secundarias. Se ha hablado y escrito bastante sobre lo acontecido en esos días desde el punto de vista de la política. Sin reprochar nada a nadie, eché de menos mayor grandeza de ánimo cuando el sentimiento colectivo -el alma del pueblo- habría de ser cauterizado. Me hubiera gustado escuchar algunos de esos discursos que han convertido en egregios a quienes los pronunciaron en una circunstancia de crisis. Todos los ciudadanos éramos víctimas. Necesitábamos algo más que un correcto manejo de la situación y mucho más que su utilización para un posible rédito electoral. La manifestación del día 12 era para solidarizarse con las víctimas y de repulsa para lo que las causa. No era necesario añadir nada más. La no expresión, entonces, de otros valores, no significa su menosprecio. La demostración cívica era para aquello, y no para saldar cuentas. El recuerdo va instintivamente hacia el atentado del 11-S en Nueva York. Hubo desconcierto inicial. El deambular del alcalde Giuliani en el caos producido fue un símbolo, como sus intentos frustrados de conectar con la Casa Blanca. El presidente Bush tardó unas cuantas horas para su primera aparición en la TV. No fue una intervención especialmente lucida. Pero el movimiento espontáneo de políticos y ciudadanos fue cerrar filas contra un enemigo invisible que había atacado el corazón del país. En estos días se celebran audiencias públicas en el Congreso de EE.?UU. para enjuiciar lo que ocurrió el 11-S, los porqués y las eventuales responsabilidades políticas. Aquí, en el 11-M, el dispositivo de emergencia funcionó como corresponde a un Estado moderno. La solidaridad espontánea de tantos y tantos ciudadanos también funcionó. ¿Por qué no se produjo una reacción análoga a la del 11-S? Difieren las circunstancias. Entre ellas, un gobierno solidario; estaba muy cercano el botín electoral; había demasiada tensión para votar. La memoria de las víctimas sí que debe influir -no el terrorismo- en la conducción del país y en el comportamiento de sus actores.