¡Al suelo, que vienen los nuestros!

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

29 mar 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

RODRÍGUEZ ZAPATERO tendría que mandar a sus fieles catalanes el recado del Rey Prudente: «Sosegaos». El líder socialista todavía tardará dos semanas en ser investido presidente, pero ya tiene al cobrador del frac en su puerta preguntando qué hay de lo suyo. Pasqual Maragall parece tener muchas prisas, auténticas urgencias, por cobrar los votos que Cataluña le ha dado al PSOE en las últimas elecciones. Lo estamos viendo en una decisión y en unas palabras. La decisión es suspender en Cataluña la Ley de Calidad de la Enseñanza, después de que el PSOE anunció su retirada. Es lo mismo que pide en Galicia el BNG, pero con una diferencia: en Cataluña la suspensión es automática, porque lo decide el Gobierno de la Generalitat. No estoy capacitado por juzgar si es legal que un gobierno autónomo deje de aplicar una ley simplemente porque se anuncia su reforma. Pero es, desde luego, poco correcto. Y, tratándose de la Ley de Calidad de la Enseñanza, transmite vibraciones de urgencia por apartarse de una norma que busca la cohesión educativa. Las palabras son las de un Maragall que acaba de pedir «una nueva lectura de los textos fundamentales», es decir, de la Constitución, y reclama caminar ya por la senda federal. Como José Blanco se ha visto obligado a responder diciendo que sólo está previsto reformar el Senado, ya tenemos un aparente motivo de discordia interna. Suave, pequeño; pero en el aspecto más sensible, que es el de la concepción del modelo de Estado; y dicho justo cuando el Partido Popular ha reclamado para sí el papel de guardián de ese modelo, precisamente porque algún político catalán podría reclamar esas deudas. El PP pensaba en Carod-Rovira; pero ha sido el propio Maragall quien le hace ese regalo. A la vista de esto, parece que el señor Zapatero debe prepararse para leer cada mañana los periódicos con un «¡al suelo, que vienen los nuestros!». Nadie le discute a Pasqual Maragall que haga valer su poderío en Madrid. Nadie le puede discutir su concepción del Estado y que trate de ponerla en marcha, ahora que tiene poder. Pero, leñe, dénle a Rodríguez Zapatero tiempo a respirar. Déjenle, por lo menos, que pase la investidura, dé posesión a sus ministros y empiece a gobernar. Permítanle que adopte las primeras decisiones en el ámbito de la seguridad o la vivienda, que a lo mejor son más urgentes que la revisión constitucional. Y, sobre todo, permítanle que se siente en la Moncloa. Si sus propios amigos, compañeros o socios le empiezan a poner ya chinchetas en el asiento, lo único que hacen es anunciar una legislatura turbulenta. De momento, y pensando en la investidura, Maragall ya le ha regalado medio discurso de réplica a Mariano Rajoy.