La república monárquica

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

02 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

POCO A POCO, callandito, España está dejando de ser una monarquía parlamentaria. Porque, superando con creces el tradicional principio de que «el rey reina, pero no gobierna», hemos llegado a un estado de cosas en el que el Rey se entera por los periódicos de lo que tiene que hacer y decir cuando le llegue su turno en el proceso de investidura. La actitud de los partidos mayoritarios en esta transición es de pésima educación y absoluto ninguneo, hasta el punto de haber transformado las elecciones parlamentarias en comicios presidenciales, y dar por supuesto que la cumbre institucional del sistema no reside en la Zarzuela, sino en el domicilio particular de José Luis y Sonsoles. Con partidos constitucionalistas como éstos no necesitamos para nada ni a la Esquerra Republicana de Carod-Rovira ni el realismo monárquico de Izquierda Unida, ya que nadie puede avanzar más de prisa hacia un nuevo modelo de Estado de lo que lo están haciendo socialistas y populares. Claro que, cogidos por sus propias trayectorias, y reticentes a abrir un período constituyente, los asesores de Zapatero tampoco quieren dar el paso definitivo hacia la república. Y por eso acaban de inventar lo que podríamos llamar la república monárquica, cuya esencia consiste en que el presidente del gobierno en tiempo ordinario, o el pro-diputado aspirante a ser nominado candidato a la presidencia en tiempos de transición, ejercen de hecho como Jefes de Estado, mientras el rey queda relegado a la muy digna condición de señor de mucha alcurnia que paga el café y pone las pastas cuando el amo del poder le va a enseñar las mangas y capirotes que hizo con el cargo de presidente in pectore , y a pedirle opinión sobre un Gobierno que ya está hecho en firme y comunicado a la nación. La cuestión es de tal gravedad que, si un día se complica la alternancia por falta de mayorías decantadas, cosa que puede suceder en cualquier momento, la institución monárquica está incapacitada para arbitrar el proceso. Así sucedió en 1996, cuando el Rey se convirtió en mero espectador de un pasteleo que alteró sustancialmente el funcionamiento institucional y, a la espera de que a Pujol se le pasase el cabreo, nos metió en una transición de tres meses. Y así sucede ahora, cuando el PP y el PSOE se han puesto de acuerdo para hacerle un way pass a la Corona y resolver por su cuenta el cambio de poderes. Por eso será inevitable que en los primeros días de la Semana Santa, cuando el Rey inicie las preceptivas consultas, la gran mayoría de los españoles piensen que todo es una farsa costosa y poco edificante, y que empiecen las vaciones diciendo lo mismo que digo yo ahora mismo: ¡pobre Constitución!