Soledad y aislamiento

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

05 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PP está solo. Le acompañan casi diez millones de votantes. Pero está solo, al menos de momento. Acaba de certificarlo el reparto que se ha hecho en el Congreso y en el Senado. No le han acompañado sus socios canarios en el Gobierno autonómico. Tampoco, por supuesto, los compañeros catalanes y vascos de la primera legislatura popular de 1996. ¿Cómo se ha llegado a una situación de esa naturaleza?, me preguntaba cuando también se quedó solo en la elección del presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias. ¿Era inevitable? Hace un año, al presentar mi libro sobre la construcción del Estado de las Autonomías, con un testimonio personal, me hacía públicamente la misma pregunta. Un día antes del 11-M abundaba en el «espléndido aislamiento» construido por el mismo PP, en un artículo cuya publicación quedó sin sentido después de la masacre. En busca de una mayoría absoluta, el PP ha quedado solo; más aun, aislado. Como es frecuente en la vida, esa situación ha sido resultado de diferentes causas. El propio PP la ha procurado, aunque, ciertamente, por una vía no prevista. La tensión generada con nacionalistas vascos y catalanes, que parecía tener rédito electoral, a tenor de las elecciones municipales, ha terminado por aislar a los militantes populares en esas comunidades autónomas. El PP se ha deslizado allí por la peligrosa pendiente que conduce a una minoría a la marginalidad del apestado. El drama del nacionalismo para el PP no ha sido el único escenario de la soledad parlamentaria. La sintió en el asunto de Irak. Con ocasión de la LOU consiguió el alejamiento del mundo universitario. La disciplina de partido, entendida de un modo extremo, se impuso. Parecía no entender, o lo que es peor, no prestar atención a las discrepancias no partidarias. Qué difícil es ser independiente en este país. El aislamiento ha dejado de ser «espléndido», con el riesgo de constituir un objetivo prioritario en la estrategia política. Si algo importante aportó el periodo constituyente fue el intento de superar la radicalidad de dos Españas, manifestado en el aireado consenso. Es cierto que el buen ambiente se cuarteó en la primera legislatura ordinaria con la moción de censura al presidente Suárez. Y no por parte de los centristas de entonces, que a fuerza de educados podíamos ser tachados de timoratos. El clima de enfrentamiento se ha intensificado estos últimos años parlamentarios con sesiones borrascosas. El comienzo de la próxima legislatura no augura una rebaja de la tensión. La mayoría relativa del PSOE puede conducir a escenarios variables proclives al aislamiento del PP: para unos asuntos, el tripartito catalán; para otros, un trío con CiU y Coalición Canaria. No es bueno estar solo y es nocivo para la democracia aislar, a toda costa, al adversario. Por el interés general no convendría ahondar bipolaridades radicales; por ninguna parte. Existen asuntos de Estado que requieren una actitud magnánima.