HA SIDO la primera reacción exterior al nuevo y grave estado de cosas en Irak. La petición rusa de una conferencia desde la que se apoye la transición política iraquí es algo más que ventana abierta a Washington en estas horas de grave tribulación, con la tenaza sobre el cuello que le hacen suníes y chiíes, sadamistas locales y terroristas de importación. Putin, con su nueva orquesta, se mueve y sale de la alineación con Chirac y Schröder en el asunto iraquí. Habla de «criadero de terroristas». Eso es suscribir cien por cien el argumento actualmente central de Bush para hacer una guerra que se ganó y que ahora se está perdiendo. La resistencia del sadamismo se ha convertido en yihad nacional contra la ocupación. El síndrome de Vietnam se enrosca en la opinión pública y en la clase política de EE.?UU. Que Vladimir Putin haya movido pieza ofrece calidades providenciales para la Casa Blanca. Es como la ecuación inversa de la Guerra Fría. Más allá del apoyo que Putin puede buscar sobre Chechenia, está el hecho de que la leva militar del islamismo -para echar, en el pasado, a la URSS de Afganistán- fue iniciativa norteamericana. Sin aquello no existiría ahora Al Qaida ni se habría producido en Irak la conjunción letal del nacionalismo árabe y el radicalismo islámico. Si la política hace extraños compañeros de cama, la Historia llega a mucho más. Aquellos amigos de Rambo son ahora los enemigos de todos. No sólo de Bush y de Putin; también de Chirac y Schröder. Aparte del cabo que el Kremlin acaba de largar a la Casa Blanca, esa iniciativa tiene mucho de banderín de enganche para la cruzada universal contra el terrorismo islámico. En Argelia acaba de ser reelegido un voluntario. Buteflika lo borra en las urnas luego de vencerlo con las armas. Argelia se mueve hacia Occidente. Lo de Putin, como lo de Buteflika, es principio de otro ciclo de cambios.