LOS QUE INVADIERON Irak el año pasado apostando por la complicidad de los chiíes, hacían el razonamiento siguiente: si esta comunidad sufrió tanto bajo la dictadura de Sadam Huseín, es normal que se alíe con nosotros para derrocar al tirano y nos conserve luego su agradecimiento. Razonaron como lo habían hecho otros conquistadores en otras épocas. Por ejemplo, Hernán Cortés en 1521 cuando, para conquistar Tenochtitlán, capital de los aztecas, se apoyó en sus enemigos irreconciliables, los tlaxcaltecas. Pero la situación en Irak no es comparable. Una indicación la dieron las batallas de los primeros días, en marzo de 2003, cuando las fuerzas norteamericanas y británicas tuvieron que enfrentarse, de manera inesperada, a una feroz resistencia en Basora. Eso no correspondía al guión. Porque siendo zona chií se pensaba que los recibirían como salvadores. Recuérdese que Donald Rumsfeld había autorizado -rompiendo una prohibición de casi 30 años- que periodistas encamados acompañasen a las tropas de primera línea para dar testimonio directo de la acogida festiva a los libertadores . Lo cual no se produjo. Al contrario. Mosaico de pueblos y de religiones, Irak tiene dos grupos étnicos principales: árabes y kurdos, distintos por la lengua. Y dos grupos religiosos dominantes: suníes y chiíes, dos ramas de una misma religión: el Islam. En el mundo musulmán, los suníes son más numerosos, pero no en Irak, donde son mayoritarios los chiíes; están localizados en el sur del país y en los barrios pobres de Bagdad. Los kurdos también son musulmanes; suníes como los árabes del centro de Irak pero hablan una lengua distinta, el kurdo, de la familia indo-iraniana, próxima al farsi que se habla en Irán y sin relación con el árabe. El chiísmo es el principal cisma del Islam. Es una especie de carlismo religioso. Se constituyó pocos años después de la muerte de Mahoma (el 8 de junio de 632) en torno a una cuestión capital, la sucesión del profeta. Los primeros califas después de Mahoma fueron nombrados por los discípulos directos de éste. En 656, designan como cuarto califa a Alí, yerno y primo de Mahoma. Pero cinco años después, en 661, se produce una sublevación y Alí es asesinado. Sus partidarios, legitimistas, van a organizarse para defender los derechos califales de los sucesores de Alí contra los califas oficiales. Fundan un partido, chi'a , que dará nombre al cisma: el chiísmo. Éste coloca al imán -descendiente de Alí- en el centro de la organización religiosa. Doce imanes, enviados de Dios, prolongaron el ciclo de los profetas, el cual, para los suníes, terminó con Mahoma. Entre esos imames, Huseín, hijo de Alí, ocupa un lugar capital. Perseguido por un califa oficial, se refugió en la ciudad iraquí de Kerbala en octubre de 680. Con 72 compañeros resistió el asedio. Pero al final, él y los demás fueron martirizados. Este calvario -que se recuerda cada año durante el mes sagrado de Muharram con espectaculares ceremonias de expiación- desempeña un papel central en la mitología victimaria de los chiíes (algo así como la pasión de Cristo entre los católicos). Su alto sentido del sacrificio, que raya en el fanatismo, su indiferencia al dolor y a la muerte convierten a los chiíes en combatientes encarnizados. Ahora pasan al ataque en todo Irak. ¡Ay de quien los tenga por adversarios! ¡Mal haya los invasores!