HAN TRANSCURRIDO apenas unas horas del regreso y mi memoria sigue ocupada por un descontrolado baúl de evocaciones: los montes y campos abiertos de la República Checa, las llanuras de Eslovaquia y Hungría y los valles austríacos componen el calmo paisaje centroeuropeo. Sus ciudades, la mágica Praga, la romántica Karlovy-Vary, los activos centros industriales de Brno y Bratislava, la decadente y decaída Budapest y la espléndida realidad vienesa. Son imágenes queridas de ciudades cultas, civilizadas, de ritmos vitales pausados, ordenados, casi musicales, donde los viejos y bellos cafés siguen siendo lugar para la tertulia, la cita amorosa, la lectura solitaria o la pluma creativa; donde los tranvías, en gran variedad y número, permiten llegar a todas partes, antes, mejor y a menos coste que en automóvil. Hay, naturalmente, muchas diferencias entre ellas. Viena es el exponente del orden, del civismo, de la sostenibilidad, del cariño a las flores, a los animales, a las plantas y sobre todo del respeto a las personas, también a los miles de inmigrantes de lejos. Su arquitectura urbana, en la que todo convive, es reflejo de un cosmopolitismo culto. ¿Cómo olvidaré aquel concierto vienés? Las otras ciudades podrán pronto ser así, porque un sustrato social y cultural común las mantienen, pero muchas cosas han de cambiar todavía; la huella del comunismo ha sido en ellas demasiado fuerte y dolorosa. La tristeza se percibe en los rostros de la mayoría, en los pequeños y corroídos automóviles de antes, en la ropa, en la barra de pan envuelta en el periódico, en sus casas destartaladas. Pero queda el sustrato sobre el que construir. Les costará, a ellos y a nosotros porque tendremos que renunciar a fondos de ayuda comunitaria, y a los alemanes y austríacos, cuyo capital se plasma en la deslocalización empresarial, en la inversión inmobiliaria, en el negocio turístico, en la cuota de mercado. Son inversiones imprescindibles. Y en esas ciudades, y en esos territorios, está Galicia, a través de esas ciudades que son nuestros embajadores en la globalización. Por un lado, Zara, en las encrucijadas estratégicas de las mejores calles comerciales; por otro, el propio nombre de La Coruña en todas las pantallas de televisión, pues así es como allí se denomina al Dépor, y en tercer lugar los libros sobre el Camino de Santiago, escritos por alemanes y en alemán, que ocupan aquel rincón de la librería cercana a la catedral. Galicia está allí, con sus ciudades más internacionales, con una presencia, en la cultura, en el deporte y en la empresa, que nos hace sentir que formamos parte de esa gran identidad territorial que es Europa, y de esa inmensa red global que es el planeta tierra. Es otro modo de ver el Oeste desde el Este. También nosotros hemos de mirar hacia allí, unas veces para competir, otras para aprender. La pregunta es sencilla: si hemos sido capaces de innovar en algunas áreas, ¿por qué no en otras? La respuesta, sin embargo, no lo es tanto; pero, sea cual sea, habrá de pasar por el itinerario de la cultura, de la educación, del civismo, de la formación, de la innovación. Para eso es necesario mejorar nuestras estructuras mentales, al menos de modo colectivo, porque para poder seguir innovando son precisamente esas las estructuras más importantes, esas que a veces tienen que dejarnos para irse a otras ciudades, situadas también más al este de nosotros.