POR LA AUSENCIA de un modelo de televisión pública en España y el afán de sus responsables de competir comercialmente con las privadas, el último informativo del día, aquél que a mediados de los 90 todavía se emitía antes de la medianoche, pasó a hacerlo a la hora de los panaderos y posteriormente a aquélla en la que se levantan los lecheros. El resultado ha sido que todas las cadenas, tanto públicas como privadas, emiten un informativo rayando las tres de la madrugada que no ve nadie y que supone mantener abierto un estudio de televisión y frustrada a toda una redacción que sabe que su trabajo lo verán unos cuantos despistados por culpa de criterios comerciales que atañen a las privadas y que nunca deberían atar a las públicas. Ahora, gracias a la valiente decisión del nuevo director general de Telemadrid, Manuel Soriano, la televisión pública madrileña emitirá desde el lunes un noticiario de medianoche. Ante tan sensata decisión, los programadores han puesto el grito en el cielo, alegando que bajará la audiencia y que luego el programa siguiente no podrá alcanzar tampoco cuotas altas (esas que marca Sofres y del que, como he dicho en otras ocasiones, tendrían que salir todas las televisiones públicas para que dejen de ser comerciales), porque ya estarán en pleno fragor los de la competencia. Para estos amigos de la televisión pública comercial, tamaña decisión es poco menos que un anatema y no una medida llena de sentido común que dignifica el fin de una televisión pública: servir a todos los ciudadanos, incluidas las minorías, que también las mantienen con sus impuestos. El ejemplo de Soriano debería servir de acicate a los demás responsables de las televisiones públicas, sea la estatal o las autonómicas. Luego, copiado e implantado por todas, sólo quedarían las privadas emitiendo noticiarios a la hora de los lecheros, pero son los dineros de sus accionistas los que se juegan y están en su derecho de hacer con ellos lo que crean conveniente. Lo que no puede ser es lo de ahora, que cuando uno llega a casa a las diez de la noche, después de todo un día de faena, no pueda ver un noticiario de televisión si no es poniendo el despertador a las dos y media de la madrugada. Esa no es la función de una televisión pública, que además de entretener con la programación tiene que emitir informativos independientes y alejados del gobierno de turno en cuatro momentos distintos del día (7.30, 14.30, 21.00 y 24.00) para satisfacer las necesidades y horarios de todos y dar cumplimiento a una de sus obligaciones: contribuir a la pluralidad informativa y al derecho a la información de los ciudadanos.