CONVIENE dejarlo claro desde el minuto uno del partido: los gallegos no nos merecemos tanto desprecio. Primero fue Aznar, en plena crisis del Prestige, aunque después lo enmendó con el Plan Galicia; y ahora es Zapatero, que tras pasarse meses y meses prometiendo un pacto, un plan y hasta un crédito especial para desarrollar el Noroeste, a nada que tiene la oportunidad real y cierta, nos ignora. Hablé con Zapatero, el hoy presidente, hasta cuatro veces distintas. Entonces era aspirante. Me aseguró que no se podía mantener por más tiempo la hemiplejia de una España desequilibrada, mediterránea, en donde el noroeste, incluido su León natal, no estuviesen en pie de igualdad. Él fue quien propuso por primera vez un Pacto por el Noroeste, que él mismo acuñó e iba a proponerle a Aznar. Empieza a ser preocupante el distanciamiento y la frialdad que el nuevo presidente evidencia en esta cuestión. Y no ha hecho nada más que empezar. El Plan Galicia era la oportunidad que esta tierra generosa, poblada de gallegos serenos y trabajadores, tenía para tratar de ponerse al día. Tampoco nada especial: confluir con la renta del resto de España, allá, en el 2015. Podemos admitir que la propuesta del Gobierno de Aznar es susceptible de correcciones, pero no debemos aceptar que nos quedamos sin esa inversión de doce mil quinientos millones de euros y la adecuación de las infraestructuras al siglo XXI. No sirve la demagogia de reprochar que el Gobierno del PP no tenía nada comprometido. Ya no podrá demostrarlo. El que tiene ahora la oportunidad es el gabinete que preside Zapatero. José Blanco me aseguró el viernes por la tarde que antes de que termine el año los socialistas presentarán una alternativa al Plan Galicia de Aznar. Ojalá me equivoque -lo estoy deseando- pero me temo que se va a ver corregido a la baja. Y al final, señor Zapatero, habrá usted defraudado a miles de gallegos que necesitan, al igual que otros españoles, trenes, autovías y puertos. Lo lamentable es que esa tendencia a ver España siempre desde el balcón de Madrid, aunque uno haya nacido en León, en Pontevedra o en Palas de Rei, no ayuda nada, precisamente, a cohesionar España. ¡Cómo no se van a generar desafectos! El centralismo siempre le viene bien al centro. Y como el centro teme a quien le hace frente, solamente se reacciona cuando miles de gallegos llenan las calles y las plazas. Con toda la serenidad y la ponderación posibles, se lo escribo a Zapatero, a José Blanco, a Touriño y a Vázquez: los gallegos no nos merecemos tanto desprecio. Recuerden que los gobiernos nunca están libres de un Prestige o de un aceite de colza, o de un 11-M, aunque sí tal vez de un GAL. A lo peor, se preocupan de Galicia si otro barco, y sería el octavo, vuelve a emponzoñar nuestras costas con su veneno. No olviden que los siniestros del Cason y el Mar Egeo tuvieron lugar bajo la presidencia de Felipe González, el mismo que desmanteló Astano y dejó para mañana las autovías. Los socialistas tienen cien días, para que no nos fallen.